Desde hace varios meses, con sus días ágrafos, con sus noches veladas, con su vermut a medio día, con la pasta de dientes seca tras la cena, con sus cambios de luces y con sus relevos ordenados y apócrifos de astros y estrellas. Y con los cambios que se suceden con más desorden que concierto en las trastiendas de la legalidad disoluta y difusa y que apuntala y da cobertura a la nueva normalidad que se despliega con las garras extendidas, abiertas y dubitativas. Se vienen incrementando en este escenario, en este ambiente de ambigüedades y torpezas, de forma más que alarmante los accidentes –así los llaman “ellos”. Yo contemplo desde mi ventana con una copa de vino en la mano y un remordimiento en la otra, como mero espectador; a veces también participando con ellos, subido al tejado. Aunque muchas veces, no soy capaz de averiguar en qué lado me encuentro. Sacul en los tejados. Así es como me conocen, aunque a veces, soy yo, y alguien más.

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Foto de Luan Queiros en Pexels

Sacul en los tejados -y alquien más

De pronto, voy caminando por la calle y escucho un porrazo seco sobre las tejas. Otros tantos a continuación, más pequeños, si acaso insinuantes. Choques infinitésimos y torpes, pero decisivos, uno detras de otro tras el primero más sonoro. Acto seguido, se para la música y continúa la cadena de golpes como si el orden y la estabilidad de una fila de fichas de dominó se estuviera desbaratando en un terremoto minúsculo y aéreo, como trémolo viajando de lejos, desde otra época geológica a esta, y que parece que no llega. Pero luego, sucede. Entre cuatro y ocho segundos de silencio, según la altura. Silencio. Y a continuación el golpe seco y contundente y cierto de un saco de arena y huesos a medio llenar, que choca contra la humedad y la realidad incontestable del suelo. La fatiga, el rumor, el deseo, la luz, la obstinación y la fé, el hambre, la locura, la ingenuidad. Todo aplastado contra el suelo.
Esta vez no son sólo habladurías, ni es la prensa, ni los rumores clandestinos. Esta vez me tocó a mí de lleno. La tengo delante. Entre la negrura de la noche y el asfalto, como un pájaro que acaba de chocar contra un cristal, languidez de energía natural y primera desactivada, neutralizada. Distingo no obstante una sonrisa amplia que nunca se borró y que se mantuvo durante la caída, entre el pelo desbaratado y cubierto de sangre. Los ojos, también abiertos, entre románicos y renacentistas.
No es una más, nunca lo fue, pero esta vez, roboro como testigo inmediato, con verdadero horror, que es, era, la silueta hecha ahora presencia total que veía bailar frente a mi ventana cada noche antes de marchar a dormir, mientras otra guitarra en el tejado de la otra manzana, acompañaba su danza, y mientras el poeta del otro extremo del triángulo recitaba sus versos desde su azotea. Ese poeta, era a veces yo. Eso me produce una congoja aun mayor. Esa comunión que se daba en ese encuentro nocturno, era mi regalo, mi razón en la clandestinidad para seguir sobreviviendo al gris, a la palabra dura y exacta, al paso rápido sin sentido y sin rumbo, a la pesada afirmación de ese yo que no soy yo. Y contemplo como solo queda ya la piel espinosa del erizo, una verde y tierna promesa de de primavera que envolvía una verde promesa de castaña y que no se cumplirá ya.
“En los tejados, seréis libres de contaminar y de contaminaros, de hacer lo que queráis, eso sí bajo vuestra responsabilidad sea cuales fueran las consecuencias de vuestros actos” – gobierno dixit
Photo-by-Tomé-Louro-from-Pexels

En los tejados, y a esas horas intempestivas en las que no hay horarios, ni cadenas, ni burocracia, ni contradicciones legales, ni sellos de aprobación o formularios salvoconductos, tarjetas de identidad, etiquetas, señas de pertenencia, sigue imperando el frío, el hambre, el dolor de huesos y articulaciones, el insomnio, los sabañones en las orejas, la desorientación y la perplejidad, los dedos congelados, la nevera vacía, el maullar de los gatos a su suerte y el ladrido de los perros hambrientos. El “no sé qué hacer”, o “¿donde me encuentro, quién soy?”. Decadencia al fin y al cabo. Pero solamente ahí también, como ajeno a todo lo aéreo y a todo lo subterráneo, sigue siendo posible todo aquello que se aleja de la rutina, de la desidia, del bostezo caliente de los lugares comunes, de la repetición y el retorno de lo mismo, de la postura cómoda, de la conformidad porque sí, de los trámites sin olor y sin sabor, de lo que acontece sólo mecánico y programado. Para dar paso a una erupción de magma que va destrozando los moldes de todo lo convencional, dado por hecho, para abrirse paso entre todos los corazones desnudos de todas las almas.

No se les puede parar, los de más arriba lo saben. Que todo aquel que crea, que tiene algo que mostrar desde lo más hondo y esencial, sin ninguna finalidad en concreto, salvo por el placer de decir, de su belleza, de su armonía, de su despliegue de notas, de colores y de metáforas, de pasos de baile, … lo hará, aunque le cueste la vida, aunque desfallezca, aunque no dé para más.
«Ellos mismos cavarán su propia tumba. Se irán extinguiendo poco a poco, molidos y disueltos en su propia absenta, en eso que llaman arte, o cultura –autoridades dixit
La vida es lo último que le queda al artista para convencer, para justificar donde está, para justificar lo que es. La vida y su conexión, de principio a fin, con otras vidas, y cada una de ellas, con todas las demás. Se crea un solo cuerpo, una sola consciencia. Las autoridades por ello, se empeñan sin embargo en propagar y difundir, unos artefactos que ya están fabricando en masa para estas navidades, unas cajitas de música de esas que las abres, y una bailarina gira al ritmo hipnótico de una música cíclica que va contando giros, segundos, ratos muertos. Mientras el tiempo, en verdad, continúa parado, congelado.
El arte, la historia, la belleza, la armonía, el pensamiento, cabe ahora todo ello en una cajita de madera o de plástico. Conservadla, disfrutadla, todo lo demás, es perder el tiempo. Y estad atentos, aun no se sabe si se venderán mezcladas con las latas en conserva del supermercado o entre los despertadores de la tienda de electrónica.
Volví a mirar a la bailarina tendida en el suelo, intenté hacerlo desde arriba, desde lo alto, pero todo -casi todo- había sido una ilusión. Era imposible. La miraba a los ojos con mi cara también pegada al suelo sin poder despegarla, sin poder cerrar los ojos, voltear la cabeza ni apartar la mirada. Yo también estaba inmóvil frente a ella, y no daba con el poeta. Ella, también me miraba, del mismo modo que yo a ella …y comprendí:
-Está historia, la está escribiendo el guitarrista, no yo.
                                                                                                                           
«Sacul en los tejados«
– Lucas J M – @saculbitacora

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5 Replies to “Sacul en los tejados -y alguien más”

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