Ya pronto será Navidad, y una vez más sé, aunque este “sé” no vaya cargado de certeza, que no nevará. Qué mala suerte. Y lo sé porque así ha sido todos estos años y no hay indicios que hagan presagiar el más mínimo cambio. Mi abuelo, que nunca vio la nieve ni creyó que existiera, murió a pesar de ello satisfecho y feliz por no sufrir la contrariedad que supone tener que admitir que la naturaleza también es lo que es y hace lo que hace hasta que simplemente deja de serlo o hacerlo. Es algo que no compete a la lógica, tan solo a la causalidad, y que es evidente en este caso si nuestro registro de observación abarcara una amplia franja de tiempo. Y no tanto si nos ceñimos a unas pocas décadas.

Quee mala suerte - Lucas JM

QÚE MALA SUERTE

Con mi abuelo no intercambié nunca más de cincuenta palabras seguidas o distintas en toda mi vida. Y como su rostro apenas reflejaba emociones ni expresiones cambiantes, siempre pensé que en su corazón no anidarían muchos sentimientos distintos: o sonreía un poco forzadamente o no sonreía, nada más, pero nunca mostraba sorpresa, admiración, duda, miedo, tristeza, desconfianza, ira, dolor o fatiga. Era una auténtica estatua sedente con la cara roja y los ojos satisfechos, embutida en el sillón orejón del salón desde que llegaba hasta que se marchaba, una pirámide afincada en un silente desierto pero con demasiados jeroglíficos que descifrar y pocas fisuras por donde atreverse y atinar.

Sé que estuvo en la guerra, que trabajó en el ferrocarril, que le gustaba la caza, la pesca y el campo, que mediaba el día con el vino blanco y las aceitunas que le encantaban, que en su tiempo libre disfrutaba de su pequeño huerto expiatorio y redentor, que sólo se casó una vez en su vida y si amó a otra mujer antes o después de que falleciese mi abuela (a la que no llegué a conocer), fue en silencio. Sé, que como para la mayoría de las personas de su edad, su vida no fue fácil (no sólo por las calamidades infringidas por la guerra, como el hambre) y quizás por ello, no hablaba mucho, no porque no tuviera esas palabras, si no porque quizás, sencillamente no las había, no se habían forjado aún en los mentideros ni en los diccionarios de ninguna lengua conocida por él. Era un «hombre despacio», sencillo y hermético, curtido de dictadura, de boca cerrada y de “ordeno y mando”, que iba de un lado a otro montado en una motocicleta de la marca Derbi, de color azul y plata y con dos grandes intermitentes naranjas que sobresalían a los lados y que me volvían loco. Siempre vino del pueblo a casa montado en ella hasta que de un día para otro como un terremoto silencioso pero que cambia la fisonomía del paisaje, sin yo saber por qué, dejó de hacerlo. En aquel momento, no lo comprendí, yo solo quería hacerme mayor para moverme con ella a todas partes y consumar viajes mágicos e insólitos. Pero mi abuelo la dejó ya para siempre aparcada en el patio de su casa con una tela impermeable gris brillante que la cubría por completo, como a un fantasma de posguerra.

Años después, comprendí que mi abuelo ya no se vio con la destreza y la fuerza suficiente para manejarla, y entonces tuve que admitir aun sin creerlo todavía,  por no haber sufrido aun en propia carne los estragos de la vejez, que en verdad, no pasa el tiempo, pasamos nosotros. Así que, la fabulosa maquina andante de dos ruedas y de jubiloso metal de mi abuelo quedó confinada como pieza de museo. Museo este cerrado a cal y canto, como un libro sumergido en el mar. A veces pienso en mi abuelo, con su enorme reloj de bolsillo y su guayaba cubana. Quizás algún día logre descifrar su enigma.

Pero afortunadamente, y en lo que respecta a las muestra de afecto y atención, poco o nada se parece mi padre al suyo, que ya de muy pequeño tuvo que asumir lo inasumible por la razón de un niño. La razón es esa lucecita tan pequeña que algunas personas tenemos con la que a veces juega y se entretiene el corazón, tan pequeña,…, tan pequeña, tan pequeña … . Pero “pobre de aquel que la apague! -decía Freud-.

Él no sabía de razón, ni de las leyes irrefutables del universo ni de los principios inquebrantables de la física, ni de los pormenores del destino o de los galimatías ecuménicos del clima, ni de estas menudencias exegéticas. Pero sí de razones. De las que le llevaron a intercambiar el papel con su propia madre, llevándola estoicamente día tras día a sus revisiones médicas a la ciudad, pues el terrible cáncer, por entonces incontestable e irrebatible la acechaba sin remedio. El reo que se sabe víctima de la pena capital, se preguntará en estos casos -imagino- por qué no otra oportunidad, por qué la muerte es implacable y despiadada, por qué no un aviso antes, por qué la muerte nunca bromea ni lanza faroles ni acepta apuestas o se orea con los órdagos de la víctima. Y la ausencia de respuesta en este caso, le desgarrará, dejándole aún más desnudo y evidenciando aún más si cabe la precariedad de sus argumentos y su armamento. Indefenso ante la maldita traidora de turno. Y tontos de nosotros. Porque esos avisos fueron el resfriado por el que pasamos meses atrás al que no le dimos importancia. El pequeño corte en el dedo que no pasó de ahí y que solucionamos con una tirita. La inexplicable caída por las escaleras cuyo moratón remediamos con un poco de hielo y reposo. ¿Y aquel pesado dolor de cabeza? Nada, pan comido, el gran médico prestidigitador lo arregló con una aspirina. No caímos en la cuenta, pero fueron pequeños ensayos de la muerte que no pasaron de ser para nosotros simples contrariedades. Son veniales y pasan inadvertidos, ocurren y no les damos importancia, no los ubicamos. Accidentes los llamamos.

Pero estos exangües e impertérritos viajes que se suceden aquí no tienen nada de accidentados, siguen imperturbables su curso y ya no avisan de nada. Son la certificación de la pena máxima administrada con ensañamiento biológico y en pequeñas dosis. Una vida aun reciente e hipotecada que se sabe ya impagable, soñando con el paraíso en un deprimente y polvoriento vagón de tercera con los asientos raídos y ceniceros rebosantes de ceniza a los lados. Auténticas peregrinaciones donde la ilusión y la esperanza de los primeros momentos de la terapia se tornaban en nauseas, calambres y terribles estertores del cuerpo y del alma. Mi padre me habló alguna vez de estos trayectos, pero obviando las calamidades -que las imagino yo-, pues quedaron veladas en su recuerdo por la gratificante sensación de haber hecho todo lo posible e imposible por acompañarla en su vía crucis por los pasillos hospitalarios y por salvarla.

En ese vagón le habló también su madre en un tono y en un sentir que ni siquiera ella sabía que dominaba. Eran charlas ordenadas (que no conversaciones, pues mi padre solo escuchaba), algo sinópticas y solemnes por los imperativos del trasunto, que dejaban entrever algo de desconcierto, desazón y a la vez satisfacción. Porque la muerte nos hace a todos iguales, y ante esta, se hace más conciso que estamos donde estamos y somos quienes somos. Debe ser esa eufórica sensación de estar flotando entre lo real y lo onírico por la adrenalina que desata el ineludible coqueteo con la muerte. Y porque cuando el cuerpo no para de gritar porque se siente ya socavado y mínimo, la aproximación de la parca se percibe también como un bálsamo, como una verde y tierna promesa de futura primavera de descanso, aunque venga envuelta en un espinoso erizo de castaña.

Cuando su madre le habla, es como la lección magistral del catedrático que previamente vacía sus cajones, limpia el encerado y se dispone a marcharse para no volver.  Pero este catedrático que aquí nos ocupa, no tiene la barba blanca ni parece satisfecho ni cansado. Porque no ha tenido tiempo de hacer lo que tenía y quería hacer. Pero ya le piden las cuentas. A pesar de que le quedarían tres edades más como estas para marcharse de forma “natural” y no forzada y terminar de completar así la realización y consumación de sus sueños.

El catedrático habla y dice su discurso y las pausas de las comas y los puntos, son tiernos besos que se posan en la frente de su único oyente. Parece que el tiempo se va a detener, pero el traqueteo del tren, mantiene el ritmo de unas palabras a las que casi les cuesta salir. Porque temen decir lo indecible, porque él sabe y ella también, y él no quiere decirle a ella que lo sabe, y ella también sabe que lo sabe. Dan vértigo estos verbos que se enroscan y se estrangulan aquí. Y entonces se hace la despistada, y él también. Los dos son cómplices de este acuerdo de supervivencia, de amor tácito a la desesperada y no pactado, donde las palabras, quizás de puro tonto, parecen fingidas, y sin embargo, va la vida en ellas.

-«Mira –señalando a través de la ventanilla-, ¿ves esas ovejas? Son como las de tu abuelo. Aun no habías nacido cuando las compró. Cuatro fueron en total, a dos reales en la feria de la Caridad. No sé cómo aguatamos sin comérnoslas, porque casi cien días estuvimos a base de pan, sopa, gachas y con los cuatro pimientos que sacaba del huerto para poder comprarlas. Si nos las hubiésemos comido, no podrían habernos dado luego más ovejas, y la lana, y la leche. Muy jodidas las hemos pasado, pero que muy jodidas. Y hoy, solo hoy, en este momento, sé que mereció la pena»

Mi padre, sin perder hilo, la miraba como el alumno que sin merecimiento alguno, va dos o tres cursos por delante en el colegio. Así poco podía hacer. Rascarse en la pantorrilla por debajo del pantalón, nada más – vaya, viaja un perro en el asiento de detrás, y con él, todo un regimiento de pulgas-. Qué mala suerte!

«Qué mala suerte»
-Lucas J M

 

A la memoria de mi padre, el Sr. D. Francisco J. Cortés, por fortuna, aún presente y en mi vida.
Con todo mi amor, mi agradecimiento y mi admiración a un hombre noble, bondadoso, sencillo, y humilde,
amante de su familia y de todas las personas de bien

 

No lo dejes todo a su suerte, sigue tus revisiones periódicas y cuídate. A veces, la mala suerte no es más que eso: prisas, urgencias, falta de atención y autocuidado ❣

 

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