Estoy esta vez en Madrid. Mi antigua compañía me ha vuelto a contactar para ser el responsable de un área del proyecto que se va a lanzar. Parte del equipo viene cada semana de Sevilla, y entre ellos, está mi amigo Miguel Ángel. Nos espera una buena. Lo mismo no queda de nosotros ni los restos para abonar el campo de donde salen tus tomates. Esta es la historia que viví con él, que venía cada semana con otros compañeros para trabajar juntos. Es la historia de una tirita II

Historia de una tirita II

Ni los restos para abonar el campo - Historia de una tirita II

Ni los restos para abonar el campo

movida I – ni los restos para abonar el campo – Historia de una tirita II

Vaya! no sé cómo me las arreglo, ¿pero es posible que haya vuelto a caer en la misma mierda?. Me acuerdo de varias películas a la vez, a saber: “El exorcista”, “Pulp Fiction” y “Misión Imposible”. ¿Que qué tienen que ver unas con otras? Espérate, no cuelgues.

Son las siete de la mañana. Sí, me gusta madrugar, ¿qué pasa, eh?. ¿A que te meto?. Bueno, que no quiero hacer gala ni ostentación de mi buen humor mañanero. Pero es que, lo que circula en el ambiente no es aire, es sopa boba desestructurada. El aire acondicionado no se enciende hasta las 8:00 A.M, así que entras en la oficina y recibes la ostia monumental, como si el portero de una discoteca se anticipara a tu delito y te firmara un volante para la UCI del hospital antes de que abras la boca para preguntar  o des el primer paso de baile:

-“Por si acaso te resbalas y me manchas la moqueta, campeón

Es un primer plano anticipado de lo que me espera durante el día, pero a cámara lenta. O el aliento-epitafio consolador del mensaje que suele lanzar recursos humanos cuando le preguntas sobre tu puesto laboral. Es decir: pagas extras (oníricamente hablando, claro), vacaciones (tuyas por derecho pero impuestas y aceptadas a regañadientes), dietas (eso, eso, poco comer y más trabajar), flexibilidad de esclavitud horaria, formación (no religiosa).  Y todas esas menudencias, ya ves …

 

-“tranquilo, que abonaremos el campo con tus restos”

        Fdo. RRHH

Eso me consuela, valgo lo que una lata de gasolina para quemar el cadáver. Y ayudo encima a cuidar el medio ambiente.

movida II

Me desprendo con determinación de mi reloj, con la ilusión de que me libero de las capas que me asfixian. Y con el fin de refrigerar un poco mi cuerpo. Pero rápidamente el universo, que a veces lo presiento como un relé de esotérico y dudoso propósito, conspira de nuevo. Y una vez  más se adueña del termostato de mi sueño ya convertido en candileja, cuando enciendo la CPU antediluviana de mi equipo y las dos pantallas que le dan bola –ellas son testigos. El calor que meten no es de este mundo, proviene de alguna pizzería undeground del Averno.

Estoy ya sentado en la silla, de la cual es imposible caerse porque además de que la jalonan dos brazos para que no me escurra por los lados, llevo tantas horas sentado en ella a lo largo de la semana, que se ha hecho a mí y me acoplo al asiento de igual forma que encaja el conector USB en el puerto del ratón.

Estamos solo dos gatos huérfanos en la inmensa sala, diáfana, sin separación ni tabique que delimite los puestos, como emulando el bosque del cual proviene la madera con la que hicieron las mesas. Al fondo veo en su puesto a la chica de siempre, que esta vez se aproxima hacia mí con paso firme y decidido. Se presenta:

-Que mira tú “questamos” aquí
los dos solos tan temprano “toslosdías” y
“medichoviá_saludarle”

Es simpática, agradezco el gesto, pero la observé hace unos días fumando en la puerta que da a la calle con otro compañero. Y vi cómo tras acabar su cigarrillo, lo tiraba impunemente al suelo a pesar de que tenía un cenicero al lado. Así que me debato entre mandarla directamente a la mierda o esperar a que deje de hablar para sentarme en mi sitio sin más. Y eso hice tras un “Sí_bueno_mira_… un_avion !!!!” mientras giro la cabeza a un lado y señalo con el dedo y dirijo el brazo firme a una esquina de la sala. Lo siento, mi diplomacia tiene un límite. Me cuesta disimular o fingir cuando se me arruga el corazón o se me emponzoña el alma.

movida III

Tengo tantas cosas que hacer que me enfrasco ya en mis tareas. Abro decenas de ventanas en las dos pantallas que son el huerto virtual donde veo progresar y se me permite acceder a mi cosecha cibernética y pongo en marcha todo lo que puedo a la misma vez. Con esta orquesta plana y pixelada que he montado, soy el Von Karajan de las bases de datos y las aplicaciones. Pero el ventilador de la CPU no da para más: un monótono y monocorde bufido en Si bemol sostenido y a regañadientes.

Cagüentodo! ¡Que maten al pianista!

Está ya todo rulando, ha pasado casi una hora. Así que me deslizo un poco hacia atrás con mi silla de ruedas y contemplo desde lejos el caleidoscópico paisaje que forma el variopinto mural de las pantallas, donde las tareas programadas que me he currado comienzan a hacerme el trabajo sucio (los administradores de sistemas somos perezosos. Creamos por ello eficientes esclavos-sirvientes para que hagan de fontaneros).

En ese momento, se acerca por sorpresa Santi para preguntarme amablemente y con simpatía contagiosa no sé qué movida que no tiene nada que ver con el curro. Pero me hace la jocosa observación señalando una de las pantallas:

-¿Qué fea no, esa pantalla toda negra? “

-Bueno, Santi, eres un pesimista. Yo me fijo más bien en las palabras de colores del código que están por encima le devuelvo sonriendo

Santi es un tío afable, bonachón, cercano. Se sonríe ante mi respuesta. Pero sé perfectamente por la expresión charolada de su cara que no lo ha pillado. O sencillamente no la esperaba. Es lo que le hace único. Acepta y muestra su conformidad de manera natural, sin disimulo. Se da por satisfecho, y condescendiente, marcha de nuevo a sus dominios. Yo soy un pringao aquí, él forma parte de la plantilla del cliente, pero me trata como a uno más. Eso le honra y yo lo agradezco.

movida V

La sala se va llenando, empieza a pulular la vida, como sucede en el amanecer de la sabana en los documentales de la dos. Sí, esos que filman en el continente marrón, en la misteriosa África. De pronto, me he dado cuenta de que hay ya una veintena de personas alrededor, o más. Han ido apareciendo sin percatarme de ello de tan absorto que estaba con mis cosas, como el camalote invasor que satura un río o el musgo que se va apoderando de una piedra en el bosque.

Pero falta aún la manada de Ñus. Ñus que por otro lado merecen un homenaje aparte, porque aunque no cruzan el Serengueti en el cambio de estación, sí que vienen cada semana a Madrid desde Sevilla, de la estación del AVE, dejando atrás su cotidianeidad y sus rutinas, dejando atrás también a la familia y a los amigos. No es tarea sencilla ni fácil de llevar durante tanto tiempo seguido. Y menos cuando además de no agradecértelo te están continuamente tocando los huevos de forma gratuita.

Yo estoy sentado de espaldas a la puerta que da acceso a nuestra oficina-corral, en línea oblicua con respecto a ella, así que, lo primero que me llega cuando aparecen es: “Bueno_diaaaaa”. Así sin las eses finales, que estas palabras vienen cocidas en los impíos altos hornos de Sevilla. Se repite una colorida cabalgata de “bueno_diaaaa_qué_pasa_tiiiiooooo”. No puede salir más de esas bocas soñolientas aún por el exceso de esfuerzo del día anterior y el sueño escatimado por las apabullantes horas extras añadidas a las propias horas extras (aun no se ha acuñado término para esta fatigosa y recursiva anomalía laboral).

movida VI

Entran desfilando y se incorporan a sus puestos con la certidumbre y la determinación de los CSI esos que salen por la tele. Se acomodan minuciosos y entregados como si fueran a recabar pruebas de un crimen. Pero lo hacen a sabiendas de que ya saben quién es el asesino, por lo que no usan guantes, mascarillas ni batas antisépticas, ni luz ultravioleta. Con una memoria USB para colocar las pruebas premeditadamente en la escena del crimen es suficiente.

Uno de los Ñus es diferente al resto. No sé qué se toma por las mañanas, si se mete algo, si fuma en pipa o directamente inhala de una olla cociente. Pero el tío entra con una sonrisa que es como un fogonazo de luz reverberante que convierte de pronto la caverna cenagosa y pastosa en la que curramos en una especie de jardín florido con toboganes y columpios al aire libre.

Todos sacan su sandwichera del maletín y se conectan a internet, a la caprichosa Wi-Fi, o lo intentan. Porque las probabilidades de adquirir instantáneamente una conexión depende de dos factores, a saber. Del resultado de la intersección entre, si el año es bisiesto o no y la desviación típica de la hora actual con respecto a la que da el reloj atómico de Londres. Acomodan sus enseres, la libreta y otros cachivaches. Se sientan con maneras de zombie vegano adquirida por la disciplina férrea de cada día. Desactivan un par de bombas del día anterior. Envían algún correo sedante y tranquilizador a otros compañeros del proyecto del lado del cliente. Y emplean un par minutos en invertir un puñado de cacahuetes en bolsatras las negociaciones con RRHH, no está la cosa para arriesgar más capital pero tampoco para dejar de probar un poco de suerte-. Y bajamos a desayunar.

movida VII

Miguel Ángel sigue en su puesto. El movimiento sincopado de los demás, que no levanta polvareda alguna, no le distrae. Él quiere terminar no sé qué movida para que no se pare el mundo. Pobre, ¡qué iluso!. Me decido a sacarlo del sueño infantil. Así que aprovechando que nos quedamos solos, le miro a los ojos – pero coño, mírame, que te estoy hablando!, y le digo muy serio:

Míguel, ¡deja eso ya, joer!. Que vamos a morir todos igual pero no me comes na’.
Venga, no me hagas hacer de madre, vamos a echar un café por lo menos.
Te digo yo que es mejor un café a tiempo que un Lorazepam a destiempo y por necesidad

-Sí_sí_sí_sí_sí_ya voy. Espera un momento que termino. “Yastatodo_quelopeto”

Me cuenta abatido y desalentado cuando se levanta de la silla, caminando lentamente hacia las escaleras no sé qué de una petarda que pertenece al club de

“-estoNoMeGusta Y PuntoSeaLoQueSea”

y que así es jodido trabajar con ella, que lo mínimo es hablar, compartir puntos de vistas, escuchar, atender, etc. Ponerse en el lugar del otro, puñetas.

movida VIII

Se cierne sobre él la desolación del que ha hecho un truco de magia y aun así le piden las cuentas y la demostración científica del sortilegio. A pesar de que echó toda la carne al asador y toda la intención para hacer que su trabajo llevara su sello, el de la entrega, la rigurosidad y la coherencia.

Pero la cuenta de empatía de la muchacha está en números rojos. Bancarrota total, qué desastre. Y que razonar así, aunque ya lo intentó varias veces, vaya que si agota, que es como intentar plantar flores en un ring de boxeo. Y me habla también de las artimañas arteras de los delincuentes de RRHH, que vuelven a las andadas para hacer más astilla del tronco caído. Que aunque algunos de ellos no son más que unos mandaos, eso no justifica que el mensajero tenga que convertirse en un cacho_carne desprovisto de educación y de la más mínima pizca de sentido de la fraternidad, de humanidad y de respeto. Pero claro, esta gente ya ha sido absorbida por la iglesia de la confusión precipitada que profesa la religión de la estafa edulcorada.

movida IX

No obstante, de su boca no sale una mala palabra, un insulto o un gesto de desprecio. Él sabe mejor que nadie, en su inmensa bondad, que cada persona es un universo en sí misma. Sabe que todos intentan hacer las cosas lo mejor que pueden aunque algunos no sepan aún (y aunque alguno sea sin más un cabrón retorcido). Comprende que cada segundo, cada momento, es único e irrepetible. Y no merece la pena gastarlo con quien nos sabotea y no valora nuestro tiempo, nuestro esfuerzo o nuestra atención. Sabe que ese punto ciego llamado destino y que paradójicamente nos une y nos separa a la vez a las personas en la centrifugadora del azar, es siempre un lugar al que podemos elegir dirigirnos libremente,  poniendo a su servicio toda la voluntad y la determinación de nuestros sueños.

Y sabe, sin más preámbulos y con la clarividencia de los que ya disfrutan de algún tipo de iluminación natural y propia, que en casa le espera la mejor familia del mundo (yo también lo sé). Y los mejores amigos del universo entero.

movida X  – Ni los restos para abonar el campo – Historia de una tirita II

Él ni se imagina lo feliz que me hace llegar cada mañana a la oficina a sabiendas de que volvemos a vernos.  Y que volvemos a compartir batallitas y aventuras, algunas muy jodidas. Aunque eso suponga también echar mucha basura apartándola a un lado con el pie para luego incinerarla en la hoguera de los olvidos premeditados. Pero como yo digo,

Nos quedan libres las manos para beber y brindar!

Así que, nos pedimos un café, y sin que se dé cuenta, le pido al camarero que cabreé el suyo con un chorrito de coñac.

-Ovidio, marchando una “tirita” para mi amigo!

Hoy vas a descansar y a dormir bien, amigo mío, por lo civil, por lo penal, o por mis santos huevos.

“Ni los restos para abonar el campo – Historia de una tirita II” – esta vez, en Madrid

-Lucas J M

movida final – Ni los restos para abonar el campo – Historia de una tirita II

A la memoria de mi gran amigo, por fortuna aun presente, Miguel Ángel Jubal
Que cumple 50 años para la mayor gloria de su familia y sus amigos.
Y que está siempre presente pese a la distancia y me hace creer en cosas
en la que nunca hubiese creído sino a través de nuestra amistad y de su
luminosa persona, su bondad y personalidad en general.

  • ¿como vas con tu curro? ¿logras desconectar cuando marchas a casa?
  • ¿Te dan una tirita los compañeros si ven que la necesitas, o tienes que pedirla?
  • ¿Tienes la suerte de tener algún “ángel” cerca en la oficina?

 

Blog Literario Lucas JM

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Historias de una tirita Lucas JM

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