Pues no. Que ya no me exijo tanto, que me planto. Malditos mantras. A veces, por qué no, un poco para atrás también. Y con gusto. Que sí hombre. Aprovecho que tengo libertad de movimiento en tres dimensiones nada menos. Que otros para atrás no pueden (lo observé en un caracol, en una gacela y en los peces). Algunas situaciones me lo piden, situaciones mías y solo mías porque son una terna indisoluble del hecho en sí, de mi estado anímico y del momento o ilusión temporal en que se sucede. Sentido común y autocuidado primero, antes que paños caliente o medidas de contingencia arbitrarias o poco realistas, ideologías o fe recalcitrante, ya sea litúrgica o pagana. O aprendidas de mantras prescritos y asimilados fuera de texto y de contexto, como si fueran tónicos medicinales milagrosos “para todito todo.

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Malditos mantras

Que no hay enfermedad, sino enfermos, que todo tiene un contorno permeable (ósmosis) o hay alguna rendija suelta por donde todo se equilibra (Principio de los Vasos Comunicantes) y convierte en no factible eso de la dualidad y la separatividad, un camelo o caramelo envenenado, vaya, o un placebo, que ni eso. Que negarte a retroceder un poco a tiempo, aunque sea por amagar y llevarle la contra a la rutina, es la primera evidencia de que hay todavía miedo por ahí dentro y es más fácil luchar y defenderse del otro que de uno mismo. Al igual que no si no se sabe cuidarse es más fácil cuidar al otro, aunque no lo pida.

Que sí, que déjame tranquilo, que quiero ir ahora para atrás. Y no me molestes que lo voy a disfrutar, que quien mira siempre para el suelo se pierde el cielo, y quien siempre mira al cielo, pisa un/una indeseable o no da con ese tesoro a ras de suelo.

Como cuando aparco el coche, adelante, atrás, adelante, atrás … las veces que haga falt, que yo no soy tan hábil como tú, narices. Y acepto que sé lo que se, que es igual que decir que sé eso que no sé. Y que me sobra una tuerca o me falta un tornillo, pero requiero hacer esto y no hay más. Son las maniobras que necesito y que me pide el cuerpo –que es el que sabe de verdad, el que tiene desde la cuna el doctorado y la cátedra – Estas maniobras son las que a mí me reposan, me pacifican, me ayudan a recolocarme y a alcanzarme a mí mismo aunque sea empezando por bordear someramente el contorno de mi paz interior.

Cuando menos me lo espere la maniobra habrá terminado y estaré en el sitio, en mi sitio, a su hora, ni antes ni después. Que nunca es tarde si la “bicha” es buena. Me pita detrás uno como yo –quizás mi propio yo impaciente y desesperado– Muchas gracias por el pitido, Sí bemol sostenido me habría gustado más. ¿Pero ves? Yo sí me conformo y te miro con amor y empatía, con compasión, que va mucho más allá de sólo comprensión aunque sea cambiando un par de letras. Que la compasión no es lástima, sino padecer con el otro, por puro sentimiento de semejanza y amor a uno mismo y por tanto a ese semejante que ahora mismo es mi versión frustrada y desesperada.

Que no es el bocinazo, es lo que yo pienso del bocinazo y lo que juzgo del músico desafinado.

¿Por qué tengo que imponerme la tiranía de “todo perfecto”, “siempre sonriendo” y/o “siempre hacia adelante”? Es la propia autoexigencia la que deviene en  depresión. Pues no, hasta aquí hemos llegado, compañero inconsciente. Me permito el enfado, que la depresión tiene mucho de eso, de enfado reprimido.

A veces me conviene, me hace bien y decido aceptar que no hay lugar para esa sonrisa forzada, huérfana y desproporcionada. Esa sonrisa de postín, “¿a cuanto de qué?. O peor aun, ¿para qué?, ¿Para eludir de tapadillo?, ¿para engañar a qué o a quién? ¿Para vender algo que no tengo?. Depende de mí y sólo de mí hacerme cargo de todas y cada una de mis emociones y mis contradicciones, de hacerle sitio a todas y de hacerlas convivir en mí mismo con el mismo derecho y la misma fluidez. Depende sólo de mi experiencia, de mi medida de los tiempos, de mis herramientas y mi equipaje, de mi propio proceso de aprendizaje.

Que a Jail Jibrán se le murió su alegría en forma de criatura recién nacida cuando la anunció al mundo en lo alto de la azotea y nadie le hacía caso ni la miraba. Y también se me muere a mí mi alegría cuando se queda sola sin su propia tristeza, el espejo donde contrasta y ensaya su destino y su propio temblor.

Que “cada maestrillo tiene su librillo” y por eso y otras muchas razones más, “si yo fuera tú” no sirve, porque dos almas pueden compartir el mismo espacio espiritual o de consciencia y tiempo pero el ser es de su propio ser. Que “yo me lo guiso y yo me lo como” porque en mi cocina mando yo, experimento y me divierto yo. Que yo en tu lugar” es demasiado suponer, es teoría espacial sin fundamentos y no contrastada, no práctica, ni realidad empírica ni tan siquiera aproximada. Que soy yo quien transforma  su propia energía (a la física ya sí que sí no se la puede engañar, se transforma, no se crea ni se destruye ni se consume sin más) y soy quien pone su atención para conocerse desde dentro y tú solo puedes como mucho percibir o imaginar. Que eso de “para atrás sólo para coger impulso” no se puede preveer siempre, que ahora reculo porque me da la gana y me lo pide el cuerpo y ya averiguaré y aprenderé para qué.

Mis credenciales son sólo para mí, y luego, tú percibe lo que buenamente puedas, que no, que yo no te voy a examinar.

Que cuando enseñes, “enseña también a dudar de lo que enseñes” – Ortega y Gasset-, e igualmente cuando aprendo, lo pongo en cuarentena, lo observo curioso, cuestiono y lo aprehendo (sí, con “h”, lo aprendo y además lo interiorizo, lo hago “mío”) con sumo cuidado a respetarme y a dudar de lo que aprendo y como lo aprehendo. Porque yo también me enseño mí mismo, y soy también “ese otro” para mí que a veces me hace la puñeta e intenta jugármela. Que no es cierto que “la letra con sangre entra“, que la letra con amor y a sorbos, y un vino o un café si hace falta. Y que “a mal tiempo buena cara” no siempre es posible ni plausible. Que a mal tiempo me paro, respiro, espero, me siento y asiento, y me dejo atravesar hasta que se diluya. Y así dejo de hacer juicios y comprendo. Que “quien bien te quiere te hará llorar” es una excusa para echar balones fueras y eludir responsabilidades por falta de empatía, para disimular o justificar la desidia o el propio desencanto por la vida, por comodidad o falta de un magisterio más elaborado.

Porque no tienes tanto poder sobre mí, que nadie me hace llorar, lloro yo porque lo quiero, lo necesito y me lo permito.

Que “no hay mal que cien años durepero que, no me engaño, que cien años seguidos de dicha así sin ningún susto, escama primero y cansa después, que la paloma “sobrevuela el peligro y aprendió en una escuela de calor”.

Me divierte, en fin, que no esté todo tan bien ordenado, tan claro, ni tan bien colocado como para que todo vaya tal cual quiero de primera mano, nada más empezar sin ni siquiera intervenir, sin poner consciencia y voluntad. Me divierte ir para atrás también y revisar el ambiente para poder rectificar.

Que lo que menos me gusta de mí mismo es ‘mi yo’. Y lo que más me gusta de mí, es mi “mí mismo“. Pero tienen su sitio los dos, y el mando se lo doy en cuanto soy consciente a “mí mismo“. Adelante y atrás, adelante y atrás. Mira por donde que me cansa también mi mantra. ¡Malditos mantras!. No se ya si es mío -de mi ego– o de mí mismo.

No por ello necesito matar al ego, que también tiene sus momentos y me ha salvado la vida y me ha hecho apaños y me ha protegido. Pero basta ya de rendirme a sus pies, de ser soldado. Solo ser consciente, observarlo despierto y que no tome el mando por imposición y por cuenta propia. Puedo sacarlos a los dos a pasear y a tomar cervezas, pone orden mi mí mismo.

Feliz día para vuestros inseparables, brindo por ellos.

¿Quelos hombres no lloran“?. Pero criatura, ¿tú te has visto, te tientas?. Anda, coge un pañuelo, que yo te escucho, que yo te espero …

Adelante y atrás. Adelante y atrás también, y no sólo para coger impulso. Malditos mantras!. Este también, por descontado.

Malditos mantras
– Lucas JM

 

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Articulo Lucas JM

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