No sé que decirte. Hace mucho que no nos vemos, y todo fue tan brusco!. Verás, ¿como puedo explicártelo de otra forma, más sencilla, más tranquila?. ¿Alguna vez no te has fijado en una foto que algún furtivo te echó?. Y has pensado: ”Dios mío, ¿ese soy yo?”. No es que te vieras más gordo, o más delgado, ni más feo. Pero sí era esa expresión de tu cara, esa ausencia de luz, un color desconocido, una mirada desnutrida. Quiero decir, que va pasando el tiempo, y sin darte cuenta, vas enmoheciendo. Entonces puede que sea demasiado tarde para alguno, o para los dos.  A mi me ha ocurrido incluso con fotos que no eran mías. Paseando a media tarde por el puente, con el viento empujándome por detrás, me he cruzado con una pareja a la que nada ni nadie perturbaba. Ni unos arbustos invadiendo la acera, ni una luz a punto de extinguirse y que vacila. No se miraban, no hablaban, sus rostros no expresaban nada “útil”. ¡Vaya foto! -si pudieras verla. Creo que ella dejó de cepillarse el pelo y de ponerse orquillas de colores para él hace tiempo. Y él solo le dedicó a ella una canción en el último año. Fue en verano, se convirtió en un cantante de Junio, y ella, en una habitante de las montañas. Y que sepas que no soy machista, imagínatelo al revés si quieres.

Blog-Literario - Lucas JM - La ultima carta que te escribo

No sé, es triste, es pesado, pero ellos aun no lo saben. Ni siquiera están engañados, tan solo dormidos. ¿Ves como no todo es o debe de ser costumbre?. A menudo hay que abrir las ventanas, mover los muebles y cambiarlos de sitio, cambiar también el paso. Hay que jugar y hay que mimar todos esos segundos juntos. El tiempo de cada uno, es un secreto recóndito y severo, pero el compartido por dos, ha de ser mágico, intentarlo por lo menos, no siempre, pero no perderlo de vista. Hay que estirarlo como a un chicle, doblarlo, endulzarlo, pintarlo, marearlo, se puede lanzar contra el suelo como a un jarrón, hacerlo añicos y luego volver a reconstruir el rompecabezas si los dos quieren. El tiempo de dos existe, no es una ilusión.

Pero que te voy a decir yo que no te haya contado y susurrado ya antes, con otras palabras y otras notas, pero paridas en el mismo cerro, de la misma madera, con la misma energía, movidas por la misma ilusión y el mismo amor para la misma persona de todas mis tardes.

También me he asfixiado muchas veces con la misma pregunta. Yo te he visto, te he cuidado mil, dos mil tardes, pero, no sé a qué jugabas cuando eras sólo una niña. Pareces muy delicada, sensible, al menos para contigo, pero la verdad, no creo que de pequeña te entrenases con muñecas. No, no te imagino entregándote complaciente a los cuidados de un trozo de plástico, tu no sueles proyectar tus mejores bálsamos si no es por una causa bien justificada y relativamente provechosa, según el filtro de tu estrella. Si no, no me tirarías a veces tan fuerte del brazo. Después de abandonarme durante algún tiempo, iba muchas veces a correr sólo al Parque de la Arganzuela, y allí, entre tanta gente ajena a mis pensamientos y a mis construcciones, cruzando miradas sin ningún mensaje concreto, sin ninguna intención aparente, comprendí que lo que querías era arrancármelo. Yo te regalaba mi corazón, pero tú querías mi alma. Es lo que le dijo un hombre bueno, estúpido y desesperado a aquella campesina que parecía tan frágil. Me acuerdo de él.

Vueltas y más vueltas alrededor del kiosko, del parque infantil, de la fuente rebosante de agua, de la pista de patinaje, de la cancha de baloncesto, alrededor de los chopos y los naranjos. Vueltas y más vueltas durante unos meses del calendario, años en mis entrañas.

En ese parque sudé mucho mientras escuchaba canciones y pensaba, allí trataba de quemar una vida. Basta una pequeña llama para arrasar con todo un bosque. Es fácil destruir lo bueno y bello que nos rodea, porque en general, es inocente, delicado, confiado. Pero no existe el fuego para acabar con lo que realmente nos duele y atribula, con lo que no vemos y que sin embargo nos mantiene compungidos y atenazados. Ese ansiado y necesario quemar, es en realidad, al principio, un disimular, engañarse, perderse durante un tiempo, ir soltando lastre poco a poco, hasta si es posible, olvidar.

Y aún así, como me pasó a mí, la mayoría de las veces no se olvida en realidad, tan sólo se aparca, se desvía temporalmente del centro de atención, hasta que de nuevo pasan por nuestras venas tantos recuerdos que se amontonan con el aplomo de la montaña más pesada; no hay excusa, llegó entonces el natural atasco. Y otra vez está ahí todo el paquete estorbando. Ni siquiera se oxidó, no perdió ningún color. Es más, yo diría que se presenta con más fuerza. Después de desterrarlos, mientras no estaban, volvimos a sonreír y a cantar en alto, perdimos la costumbre de luchar, dejamos el ejercicio diario, como si esos “kilos” perdidos no se pudieran ya volver a recuperar nunca. Y resulta que luego vuelven a tropel, no hay un pequeño aviso antes, no, se nos echan encima de golpe, imparables. Tendrás suerte si además no te pillan doblado, desprevenido, con la ropa de verano puesta.

De hecho, en cuanto llega el calor, se te olvida que existe el frío, es algo incomprensible, como si hubiese sido un producto inventado de tu imaginación, y del cual ahora, no queda el más mínimo residuo. Por más que me esfuerzo y aunque recuerdo todas esas mantas que me echaba por encima y los abrigos y la bufanda, una vez que ha pasado, me es imposible rememorar el frío de nuevo por cuenta propia. Es tiempo perdido, fútil ejercicio de ensayo de nuestra imaginación y vano intento de apurar y aprovechar aún más nuestra capacidad humana de simular aquello que más nos interesa y conviene en cada momento. Algo inaudito, porque con los sabores o los olores no me ocurre lo mismo. Las emociones son así, no las buscamos ni las elegimos, se instalan en nosotros y hay que aprender a conducirlas, a cuidarlas y acunarlas durante todo el tiempo que nos acompañen, sin bajar la guardia. Son el hermano pequeño que lucha por ser mejor y estar a tu altura, ora sensato y fuerte, ora caprichoso y quejoso.

Al menos ya no hago tanto caso del reloj, eso es buena señal. Y tampoco atiendo mucho a las fechas :

“¿Ayer que fue? ¡Ah, Sí! ¡ayer le puse nombre a mis peces!
¿Y el año en que estuve en el campamento de verano?
Si, ya recuerdo, fue cuando hacía 4º de e.g.b“

Que tontería, me asustan más unos números del calendario que una de esas impredecibles y atómicas ecuaciones de matemáticas, de esas que amenazan con infinito. No, no me estoy perdiendo, sé de lo que te hablo, de paciencia. La misma que perdí justo antes de darme cuenta de lo que era. Me tendrías que haber visto hacer un búho de una pieza doblando un trozo de alambre de un metro y ayudado tan sólo por unos alicates. La maestra se fijó en mí y llamó la atención de mis compañeros de clase.

“Fijaos en Lu, mirad que paciencia tiene. Tuerce mal el cable y en lugar de desesperarse como vosotros, deshace tranquilamente parte del recorrido y vuelta a empezar despacio. Muy bien Lu, muy bien …”

y yo pensaba para adentro de mí:

“Pero esta tía, ¿que dice?”

sin apenas mirarla de soslayo, sin levantar la cabeza, y seguía con lo mío, ajeno al mundo, a todo lo aéreo y a todo lo subterráneo.

Cuando maduras un poco, lo sabes porque empiezas a distinguir – es el primer paso – lo sagrado de lo razonable. Y comprendes esas cosas extrañas que antes no eran más columnas de humo y puñados de lluvia, y que ahora cobran forma comprensible. Y se pueden agarrar, distinguiendo su peso, su textura. Hablo además de la paciencia, del amor, del respeto, del dolor, de la libertad, la paz, el “calor”. Quien no respira todo esto está muerto, ¿recuerdas?. Yo intenté respirarlo contigo.

Bueno, que me voy del coro al caño. Hablaba de la habilidad de dilatar el tiempo, o cuando menos, de que no se te desboque, para que el pastel salga ligeramente dorado del horno, nada más. Hoy por ejemplo, he conseguido meter una mala pesadilla, un rato de ocio y descalabro con los amigos, un crucigrama caprichoso, un problema cañero de física, un café a solas con una amiga o una princesa, un encuentro con otra amiga, una fiesta sorpresa, cinco nuevos improperios en inglés, varias canciones caducadas, unas letras con alas propias y la inmediata reflexión. Y no sé que más, todo ello en el mismo saco, en el mismo día. Es que, a mi bote de caramelos llega de todo, como a la caja de música. Hoy muero con un bolero, y al rato, resucito con un swing, así que, no te extrañe si me apasiono con todo, ya me conoces. No, no soy capaz de caminar tan tranquilo, lo sabes muy bien, que cuando paseo no solo ando, me trago las calles, con sus árboles, con sus luces, con su gente.

Si, aunque tarde toda una vida, intentaré pasar mi examen con la misma pasión hasta el final, cargado de hermosas arrugas ganadas no por tanto esperar, sino por luchar, por ser amado y amar. De nuevo, ¡tengo tantas ganas de vivir!. Haré lo que sea, lo que pueda. Escribiré un libro sin pastas con las hojas amarillas que nadie leerá, pero que al estrujarlo, derramará mis lágrimas y mi sangre. Hablará de lo que veo, de lo que oigo, de lo que no sé, de lo que siento, de lo que me salpica, de lo que me escuece. Contaré en él algunas pequeñas mentiras pero que luego arreglaré, y me reiré con alguien mientras le buscamos un buen sitio donde guardarlo. Uno cualquiera donde al menos no lo cubra el polvo. Compondré una hermosa canción sin título con sólo cuatro notas que nadie distinguirá, salvo mi margarita y Rigo, el pájaro más bobo y caprichoso que conozco. Compraré una vajilla de porcelana estilo isabelino con incrustaciones de oro en los bordes y decorada a mano, de esas que exhiben los palacios. Y la lanzaré a la calle desde el balcón de un sexto piso con sólo dos habitaciones: una para mí, la otra para mi amor. Con los pedazos rotos le haré un collar. Con el oro, un precioso anillo. Iré a la universidad y estudiaré libros de todas las formas y tamaños, con dibujos delicadamente monstruosos en su interior, pero el día que termine, si realmente decido al final ser un hombre supuestamente quasi-respetable, aunque sea desde fuera, desde lejos, me fabricaré un descomunal cigarro con ese “soñado” título. Me lo fumaré pese a la objeción de mi médico y guardaré el humo en un cofre de madera forrado de terciopelo y con una cerradura rota a un lado. Ese humo será mi secreto, la ceniza lo aprendido.

Todo esto te parecerán locuras, pero tú precisamente no deberías pensar así. Tú, que conoces el sufrimiento de verdad como yo. Tú que has sentido el vértigo de la soledad supitaña y tramposa, como yo, la que viaja por dentro. Tú que has conocido el cielo y la gehena de ser tu mismo, sin tapujos, de intentar escucharte y comprenderte, de hacer caso a tu corazón desoyendo a tu cabeza corriendo el riesgo de caer electrocutado por éste.

A veces, te sales del camino, vuelves a entrar, buscas una nueva pista, una entrada, las luces que momentáneamente ocultó una niebla espesa, casi lechosa. A veces, clavado al suelo como un roble. Y otras colgado, colgado por los pies de una Luna que se oxidó de tanto esperar y que ahora, ya no te habla, que ya no se curva ni se inclina para escucharte.

Intentas disimularlo, pero pasó el invierno más frío, con sus cuchillas heladas, la primavera, timadora como siempre, pero amable, el verano con su calor venenoso, y después … ¡Cómo no!

Otra vez pisando las hojas,
se doblan, se parten en dos,
lo se tan bien como tú,
desde aquí, tan lejos,
y a la vez, con la vista clavada
en la misma tarde,
en la misma mañana,
con esta forma tan torpe
que tenemos de sentir las cosas,
casi siempre valientes, serenos,
y solo a veces veo y me pesa,
tu dolor, tu voz entrecortada.

Otra vez tu cara está mas triste,
pero no sigas, no ves?
ya sabes que es el Otoño,
que es duro empezar de nuevo,
con la misma herrumbre
tirando implacable de tus huesos
con distinta fe, con distinta mirada,
consciente de que nadie entiende
que tú sientes esos pasos,
por qué sufres cuando lo haces,
cuando de nuevo pisas las hojas,
y tranquilas al fin …
crujen …
se deshacen …

Es que, nos cuesta mucho. Pero, ¿sabemos hacerlo, verdad?. Sabemos cómo salir sin tener además que dejar a nadie atrás. Es que, mi madre una vez me dijo que los pájaros tenían que marcharse durante el otoño, donde los vientos cálidos. Que las flores despertarían y volverían a dibujar en Mayo, con los vientos templados del Sur. Yo la creíste, abrí la ventana y las despedí mientas volaban sin mirar atrás, al lugar de sus padres. Pero el frío duró algo más de lo previsto, algo más de lo anunciado, y esas pequeñas y leves almas no regresaron, ni la mía que viajó con ellos. Durante mucho tiempo, no volví a abrirla. Pero pasa el tiempo y, ¿por qué no salir a su encuentro? ¡Es tan maravilloso caminar, respirar, ver, oír!. Ahora que soy más fuerte, más sincero, ¡puedo ir allá, a donde a veces el viento da la vuelta!

Y es que, las despedidas o no te las crees o se te clavan igual que puñales cuidadosamente forjados para la ocasión. Otras veces es todo a la vez, y ahí estás tú, dando saltos y mortales hasta encontrar un sitio, uno firme y seguro donde caer pero sin saber en realidad como. Con un montón de palabras que se amontonan y se descomponen luego en tu estómago sin posibilidad de remisión alguna. Son algunas de tus emociones más hondas, inexplicables, las que nadie entiende. Y es la soledad. Te quedas entonces como esperando un “no sé qué” que catalice tus recuerdos, tu momentánea caótica existencia. Necesitas dejar de pensar durante al menos unos minutos, pero no hay muchos lugares donde ir. Tampoco quieres esconderte, y el paraíso ardió en un sueño demencial que te sacó de tu infancia. Y al final, te conformas con llorar unos segundos en un sillón apartado en una esquina junto a una lámpara de pié que permanece encendida. ¿Por qué no? Has luchado, has dado, te lo mereces. ¡Benditas sean tus lágrimas, tus ojos y tus lágrimas!. Escucha ahora mi silencio :

Mira, es emocionante, que,
mientras pasa esa nube,
yo caigo rendido en el sillón,
me deslizo entre los cojines
y me pierdo recién nacido entre sus brazos …

ninguna palabra, ningún lamento,
ningún ruido al caer,
excepto por ese beso a escondidas
que hace crujir mi alma.
Es esa despedida en silencio
lo que me fascina,
lo que me marea …

¿Donde estás?. ¿Qué haces ahora?. ¿Piensas en mí?. ¿Te he hablado de mis montañas?. Las perseguía cuando era pequeño, montado en el coche de mi padre por carreteras de segunda con prados verdes a los lados. Estaban en un lugar que no aparecía en los mapas, en el horizonte. Es por eso que nunca las alcanzábamos y yo no podía entenderlo. Tampoco me atreví nunca a preguntar si era verdad que eran tan fuertes, si era verdad que existían. Y ahora, ya lo se, ya llegamos, ya te siento. Te siento cerca. La forma de aquellas montañas serpentea también dentro de mi y cada gota de lluvia que golpea sobre el cristal, es un latido que se une al mío. Si, ya respiro mejor, ya voy, no tengas miedo. Hablando del horizonte, de lo que va y viene: ayer me volví a cruzar después de mucho tiempo, con una de esas personas que conoces y que rápidamente entran y se instalan en tu vida, pero de esas que igual que llegan, de igual forma que entraron decididas, curiosas y amantes, se escurren luego sin una sacudida, sin una convulsión, en silencio, como si fuese lo normal, lo natural.

¿Por qué ruborizarse entonces cuando le digo lo que siento y me abro en dos?. ¿Porqué agachar luego la cabeza?.

Por aquel entonces, ella me diría tímidamente que me quería, pero que era demasiado bueno para ella. Luego, una vez apartados los despojos y el tufillo de la mentira sin principio ni fin, se vuelve otra vez fuerte. Y ya, con la conciencia tranquila, lavada por la distorsión y la convicción que provoca la autocompasión y el paso del tiempo, te dice subida en unos zapatos de altos tacones, detrás del maquillaje : “es que, tenemos dioses distintos”.

Pero en realidad, no es eso lo que quería decir, no es lo que pensaba. Todo empezó en realidad con una sana discusión sobre el color del dormitorio -tanta inclinación por el color marrón no podía traerme nada bueno, ya me lo decía mi médico. Quizás comprobara, que en ese momento, mis brazos no eran lo suficientemente fuertes para aguantarla. Hubiera bastado una palabra, un gesto sincero pero conciso y claro. Entonces yo le habría pedido que me concediera el último baile y después la habría despedido sin más, con un abrazo, bendiciéndola. Pero no, da igual sembrar la duda y el desconcierto, incluso el desamor, y en estos casos, ya se sabe : “sálvese quien pueda”. En verdad su Dios -fuera quien fuese ese señor-  no era el mío.

Pero no quiero que pienses que me enfadé con ella. Estaba dolido y triste no por lo que hizo y por lo que pasó, no por su decisión de abandonarme, si no por como lo hizo, por ese portazo al salir, por como hizo arder todo. De hecho, cuando estuve mejor y pude abrir los ojos, me di cuenta de cómo me había precipitado yo también, consciente o no de sus caricias; me hice cargo de la increíble complejidad de nuestras vidas, de nuestras almas siempre incandescente, de que había tenido que dejarme allí dolido y roto para entendérselas con sus angustias y con sus peces de colores también.

Como diría Jack Kerouack :

“De acuerdo vieja amiga, pudiste haberlo hecho mejor, pero no diré nada”

Afortunadamente, somos muchos, pero, ¿qué se siente cuando alguien se aleja y desaparece sin mas, igual que gotas de lluvia que se desvanecen? Es, que el mundo que nos rodea es demasiado grande. Es el camino que se parte en dos, es, que preferimos a otros. Y es el adiós.

Pero nos lanzamos otra vez hacia adelante! en busca de la próxima gente, en busca de la próxima aventura disparatada bajo los cielos! ”

Vaya, de pronto, casi me quedo en blanco, quizás porque esta es la última carta que te escribo -y que no te envío. ¡Pero no!. Sé que tengo tanto que hacer, tanto que decir!. Aún no entiendo por ejemplo, porqué el vagabundo que está en la otra acera, a la puerta del metro, sostiene un periódico y lee. Lo hojea con afán después de buscar sin éxito algo que comer en una papelera que estaba llena. ¿Donde aprendió a leer?. Eso me asusta, podría ser cualquiera de nosotros. Está algo triste, algo cansado, pero sólo el es consciente de lo que tiene y de lo que no tiene, algo soñado, algo olvidado. Y sin embargo, en este preciso instante y sin saber por qué, sólo el tiene la mágica habilidad de hacer que un Domingo sea fantástico, uno lluvioso como éste. Me pregunto cómo llegó hasta aquí. Él no sabe jugar a los dados, así que, no fue un golpe de mala suerte. Tampoco le pone mala cara a los niños que se cruza y que murmuran y se ríen de él, así que, no es un cobarde ni un traidor. Quizá es que nació en la familia “cual” al oeste de “no sé dónde”. Quizás yo también le abandoné algún día, después de que otros ya lo desahuciaran, claro, cuando después de darme los buenos días, se los devolví con un “no, no tengo suelto” mientras hacía sonar distraído unas monedas que sobraban en mi bolsillo. Tendría mucha prisa, así que, fui un cafre y un patán con mucha prisa.

En fin, no te lo vas a creer, pero empecé a trastear con mis visiones y mis recuerdos, a escribirte todo esto, sentado en un café solitario de la calle donde vivo, y ahora, a ritmo de tren, paso por delante de las marismas del Guadalquivir. ¡Que bien, eso significa que pronto, veré el mar!. No te diré cuando cambié de escenario ni por qué, eso da lo mismo. Lo importante es que ahora tengo que contarte un secreto. Ya he visto además de éstas marismas, el estuario del Tajo, y no se por qué, pero me dan miedo todas las desembocaduras de los ríos, colapsan mi alma. Me espanta tanta hermosura y tanto accidente a la vez. De repente, un hilo plateado que hilvana firme y seguro una pradera, una carretera, una ciudad y una montaña, toda una película viva, se desvanece, se pierde en una inmensidad tan abrumadora como inevitable, en algo imposible de calcular, de recuperar. Me resulta difícil quedarme impasible ante ese depredador que se traga mi río. Se ha perdido el rastro, los recuerdos, la huella, el regalo. Después sigo alejándome, me adentro en la costa y como si nada hubiese ocurrido, el tiempo me engaña de nuevo, y vuelvo a enamorarme de mi mar. Puedo sentir su abrazo.

Me pregunto si alguna vez pasaremos todo esto juntos. Así lo he soñado, así lo he deseado siempre. Si cogerás mi mano y la apretarás con fuerza cuando nos estemos acercando al cruce, al desencuentro. Si me cerrarás los párpados con tus labios, suavemente, una vez que lleguemos al sitio señalado, al lugar donde el grande engulle al chico. Si atarás tus manos a mi cuello y me abrazarás mientras nos desplomamos en la arena.

 

Sólo quiero eso, lo demás, ya vendrá. Sólo quiero eso y una tontería más, por favor, solo una cosa más: que llegue el día, … y que no se acabe el tiempo.

 

– Lucas J M

¿A quién le escribiste tu última carta? ¿para qué?
¿Te respondieron? ¿O te la escribieron a tí?
¿Se quedó alguna pendiente? En este último caso, enviártela a tí mism@, también sirve. Sana.

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