Es verano, hace un calor tremendo y estoy en Sevilla. Mi empresa me ha enviado a hacer un curso que me ocupa todas las mañanas. Uno de esos días, por la tarde, decido ir a visitar a mi gran amigo Miguel Ángel, mientras el fuego cae sin piedad del cielo ….

Blog Literario- - Lucas JM - Historia de una tirita

Vaya, sandalias partidas en dos …

de medio a medio. Antes de que me clave algo, de que mi planta bese el suelo, entro en una zapatería. Logro ilusionarme de nuevo con algo ramplón, un trozo de cuero, eso sí, bien cosido, amortiguado, acolchado, con cierre “hidro-termométrico” con dos bujías, a este lado y al otro. Esta vez no escatimo en gastos, es alta tecnología:

-“Te ayudará a mantener

la columna en posción

RectaComuncactus_blablabla”

-reza la pija etiqueta de aluminio galvanizado, entre otras parrafadas.

Me dirijo al dependiente y le pido las sandalias mega-guays:

-Oiga por favor, quiero esa maravilla que está en el escaparate –señalo con el dedo, decidido

Al dependiente se le sube la ceja junto con la adrenalina, se le va a salir de la frente, y como si fuera el eco en FM de la radio local, repite a coro:

Las sandalias mega-guays!, claro que sí, es la última que queda!

El hombrecillo, que parecía tan poca cosa al principio, pese a lo honroso de su trabajo, como otro cualquiera, adopta una pose de reconocido y laureado neurocirujano y se dirige con aire marcial hacia el “cachocuero-masquebiencosido“. Echa a un lado a dos subalternas de infra-piel que levitan alrededor, a modo de acólito desaventajado, para que destaquen las susodichas. Y retira del escaparte el único par que queda. Todos a su alrededor se apartan compungidos …

-oooh, alguien se lleva la sandalia mega-guay … !!!

Las jodidas son más famosas y populares de lo que yo suponía, ¿en qué mundo vivo, que no me entero de na’?.

Es casi la hora de almorzar …

y mi sandalia parece un filetango recién salido de la barbacoa, se me hace la boca agua. Y mis pies tiemblan también, van ya por su lado pensando en el revestimiento que les espera.-

-¿Acepta usted tarjetas de chipicrédito del banco “YaVeréSiLePago”?

Claro que sí, si no tiene fondos, ya le perseguiremos, las sandalias mega-guays pueden ser localizadas por GPS, podrá usted correr, pero no esconderse! jejeje

Que estrés, se ríe como si hubiera cazado ya al sospechoso. Yo no sé que puñetas de película o de sainete está promocionando esta tienda, pero le doy mi tarjeta y retiro rápidamente la caja del mostrador como cuando una cobra se retira tras la mordedura fatal. Nunca imaginé que a un tío le pudiera brillar tanto un diente. Ha sido una pico-centésima de segundo, pero fue como un relámpago cuando pasó la tarjeta por el cepillo – ha hecho una buena caja– mientras se frotaba las manos (no me preguntes como hizo las dos cosas a la vez, fue espantoso).

Justo al salir, saco las sandalias y empiezo a dar fuertes golpetazos con ellas contra la pared de la esquina:

Toooma, toooma, ahora me va a localizar por GPS su Pu** Madre.!”

La compra me nubla el intelecto y el estómago, así que se me pasa el apetito. Pero me detengo a tomar un helado justo en la cafetería de enfrente, y aprovecho para calzarme las piragüillas. Me siento inmortal. Hasta guapo. Un hombre, ya se sabe, se viste por los pies, y puede hacerlo honrosamente aunque asomen los dedos, más aun en un volcán urbanizado como es esta ciudad. La camarera se fija en ellas y me guiña un ojo. Quiero corresponderle, pero mis dedos marchosos adquieren todo el protagonismo. Y se agitan locos cual gusanillos a punto de montar en un tío vivo. Esto empieza a parecer siniestro. Ya soy yo y diez amiguitos felizmente subnormales más.

Al salir del garito, hace un calor brutal …

Marcho a ver a mi amigo Miguel Ángel por la avenida de “EstoNoSeAcabaNunca”, después de callejear un poco por las afueras del barrio de “Las brasas”. Noto que mis pies no se han hecho aún al cuero de alta cilindrada, pero pienso, que a todo lo bueno cuesta también acostumbrarse, que si el Departamento de Defensa de los USA está detrás de este diseño, no pueden estar tan mal (Vietnam es un caso aparte, allí, nunca usaron sandalias, solo botas). De pronto, empiezo a notar como si me hicieran chiribitas en los pies, como pequeñas punzadas de alfiler, pero mira por donde, un espíritu espartano se adueña de mí y ni siquiera miro hacia abajo. Qué control, esto es de clínica. Hasta que la marujilla que sale del mercado con el carro a reventar de repollos, me grita como una posesa.

Dice no se qué de:

-“miarmaaaaaa

queta’eshoenlopinreleeeeeee

jomioooooo!!”.

No puedo reaccionar, estoy confuso ante el calor y el graznido de la enconada señora; pido traducción simultánea de la algarabía o que sintonice otra emisora a una chica joven que tengo al lado, pero resulta que es su hija, y vocaliza la mitad que ella:

-“mareeeeeee

quetasolopieeeeeeeee!!”

Así que, por intersección de conjuntos que aprendí en la escuela, y cotejando los dos graznidos como hacen los de la CIA, pero así a pelo, sin cacharritos electrónicos, ni café ni donuts, colijo que algo pasa con mis pies. Miro hacia abajo, receloso, a velocidad de crucero, como se mueve una grúa de una obra en la construcción, y veo el horror: el pie rojo, ensangrentado. Me descalzo y tengo algo así como cuatro picotazos de algún pájaro. A saber. La hebilla, la costura de la hebilla, el adorno que asoma por la cara anterior. Y … vaya, la antena del GPS.

Lucas-JM -Historia-de-una tirita

Afortunadamente, hay una farmacia cerca …

O no tanto. Falta quizás un kilómetro para llegar, pero el potente luminoso destellante de doscientas mil lumbres cósmicas y algún vatio más de propina que asoma a lo lejos de la avenida, se me mete en la retina a presión, cual ovni kamikaze que sale a mi encuentro, anulando mi capacidad de medir distancias. Ya llego, ya llego, que no, que no, ya llego, que no que no. Voy haciendo eses, y no estoy seguro, pero creo que camino ya a una pata.

Al llegar a la farmacia intento mantener la compostura y saludo enérgicamente, como asumiendo de nuevo el mando de mi momentánea miserable vida. Veo a alguien que se me parece a la azafata de un avión (acaba de despachar unas no se qué con alas) pero no hay nadie más, así que …

-¿Me da usted una caja de tiritas pa’este piecezón partío, por favor?

Parece que no le hace mucha gracia. Se asoma por encima del mostrador (o del ala de avión) y hace el mismo gesto que yo cuando me doy un golpe en la rótula con el pico de la mesa.

 

-¿Se encuentra usted bien, señorita? Ha cambiado de color, así de repente …

-Sí, no se preocupe, ha sido un deja-vu mezclado con un tirón en la ingle, se me pasará, uno anula el efecto del otro, pero hace falta un poco de tiempo, “sabusté?” ¿De qué tamaño quiere las tiritas?

-Pues no sé, mayor que un sello de correos y más pequeña que un calcetín … que tiene en medio? 

-Me lo pone usted muy difícil, esto es una farmacia, no una tienda de retales.

-Pero, ¿usted no es farmacéutica? ¿Dónde estudió? ¿Tiene un título? O mejor aún, ¿tiene ganas?

-Mire, tengo aquí unas que puede usted cortar a medida, así le será más cómodo y práctico.

-Que jodía, que sí que tiene título, que hizo un master de “LaBolsaOLaVida”. Ahora me va a vender también las tijeras.

-¿Las quiere resistentes al agua?

 -Sería mejor que resistieran al ron, pero bueno, deme usted las del agua, me harán el apaño.

 

Me pongo las tiritas allí mismo, pese a la mirada inquisitoria de la farmacéutica azafata_universitaria. Pero pasados uno segundos, se ríe, le gusta el collage, y a mí me hace feliz verla reír.

Mientras observa, se está pimpando un sándwich vegetal. Cojo los minúsculos papelillos de apenas un centímetro cuadrado que quedaron como restos y se los entrego a la observadora para que los deposite en la papelera de los plásticos. Pero por el mismo esfuerzo o por la misma desgana, los echa en la de los papeles. Y yo que pensé que era una ecologista empedernida …. Pero no, que desilusión, tan solo era una gilipollas haciendo dieta.

 

Salgo de la tienda con mi pie acribillado de parches

Es todo un cromo, un bodegón, pero yo solo siento alivio y es lo único que me importa. Así que, tras caminar otro rato sin pensar ya en dolor alguno, me siento en el primer antro que encuentro, reposo mis desilusiones y amarguras recientes en un duro banco y me calzo esta vez una jarra enorme de cerveza. Y sin echar de lado lo aprendido, me olvido ya de que me dejé una pasta gansa en la tienda por algo que olvidé en muy poco tiempo, me olvido de que a veces me cruzo con gente que me dice las cosas más simples y no las entiendo, de que mis dedos, eran algo más felices con su nuevo cuero porque no piensan en nada, de que la inteligencia y la eficacia, no tienen nada que ver a veces con el sitio donde te ha puesto la vida, o donde has ido a parar en la vida, de que me pueden localizar si me descuido y quitarme la libertad y el placer de estar perdido y nada más

Y me quedo simplemente maravillado y perplejo, ante la eficacia y la simpleza de un trocito de tela adhesiva, y me encuentro de pronto riendo y con una lágrima rodando por mi mejilla a la vez, jarra en mano, mientras pienso en todas las tiritas que me dieron alguna vez mis amigos y no les di importancia –brindo por ellos-. Y pienso sobre todo en ti, que te echo de menos, en que quiero estar contigo, que no quiero que te olvides de mí, en lo fácil que te sería hacerme feliz, en lo fácil que me sería hacerte feliz (si tú me dejaras, claro)  

Historia de una tirita” – una historia fallida de amor contada con humor, “ahumor”

– Lucas J M

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