Todas las violencias que existen en el mundo pugnan por ser la protagonista, por ser la violencia de las violencias, la más aterradora o la más perniciosa y ganar en proporción a este macabro ranking la mayor atención para sí. Y esto, por su propia razón y razones, ocurre desde el lado de los que la provocan, desde el lado de los que intentan remediarla o atajarla y desde el lado de los que la sufren. A menudo, estos dos últimos bandos son el mismo, por razones obvias, aunque hay quien no la sufre e interviene igualmente en su demolición. O bien, quien la sufre y ha sufrido tanto, que ya ni tiene energía para colaborar de manera activa con el bando de los que intentan erradicarla. Bastante con sobrevivir y tirar pa’lante, no puede pararse a asestarle ese necesario golpe maestro a la violencia.

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Golpe maestro a la violencia

Tenemos un amplio repertorio cromático de violencia. La imaginación humana no tiene ni conoce límites; ni horma; ni por encima ni por debajo, ni por una lado ni por el otro: la machista o de género, la infantil (entre ellas, y no la única, la pederastia), en las aulas (bullying), en el entorno de trabajo (mooving o/y ostracismo), en los pueblos (guerras), en el campo de fútbol. Más recientemente, en la sala de espera del médico y de los hospitales, en la parada del bus, en el metro, en el lugar donde nuestro hijo practica su deporte preferido, en la política cuando el gobernante ni cumple promesas ni escucha a su pueblo porque ya le dio su voto incondicional para los siguiente cuatro años, en las ruedas de prensa con los insultos y las amenazas veladas, en los videojuegos, el acoso en las redes con los mensajes y fotos “boom” que no se pueden prever y la difusión desautorizada de contenido personal e íntimo, etc. En nombre de la religión, de la patria, de la justicia de pre-ajustada o de Vodevil, del progreso o de nuestros santos huevos u ovarios.

Hay violencias profesionales, diletantes, ignorantes, torpes, enfermizas, literarias, médicas, burocráticas, mediáticas, gratuitas, interesadas, colaterales, terroristas, oportunistas, dirigidas, experimentales, urbanísticas, forestales, medioambientales, tecnológicas, políticas, sociales, sañudas, pasivas, retorcidas, macabras, criminales, artísticas, culinarias, alimentarias, administrativas, adictivas, sofisticadas, institucionales, rudimentarias, hooligan, callejera, de salón, informática, tecnológica, etc. Está en todos en mayor o menor medida, en todas partes, por todos y para todos. Todos tienen vela en este entierro de recorrido incierto e inverso, de dentro a fuera, y las raciones no se acaban (ríete del milagro de los panes y los peces).

Y todas estas violencias se quieren tanto a sí mismas, que ya tienen nombre propio. Alguna hasta anglosajón como un rótulo luminoso e indi, lo que parece que le confiere más empaque, más proyección y actualidad. Parece que nunca existieron porque no tenía solera ni D.O. (denominación de origen) o nadie les prestaba atención académica, institucional ni periodística. No tenía un nombre común, lo que las privaba del regocijo del eco, con lo que no se podían anunciar en las crónicas. Esto, aparte de la censura estigmática, aunque se movían como pez en el agua entre lo común y los comunes. Y tanto. Ahora, hay una especie de lucha implícita a ver cuál es más “influencer”, cual gana más atención y adeptos como la primera de todas para que sea señalada y erradicada. También la más televisada, la más radiofónica o la más grafiada.  Porque mi bandera ondea y tremola más.

Todas tienen ya su propio cuadro de síntomas, su diagnóstico y su pronóstico, su hoja de ruta y sus herramientas y artefactos designados más útiles perfectamente designados y diseñados para su desempeño. En la etiqueta aparece incluso sus instrucciones de lavado y de secado, aunque la composición, cuanto de acrílico y algodón, se obvie o sea un misterio. Tienen su literatura, su relato y sus versos, sus películas y sus cuadros, sus canciones y sus obras de teatro, sus danzas rituales y sus arengas de quiosco y feria.

Y los protagonistas son unas veces las víctimas y otras veces es al contrario. Unas tienen un porqué o una razón –nunca una justificación- y otras, aparentemente, son arbitrarias y vienen del caos y la desidia –que a saber si no es otra forma de auto-violencia (los “estudios”, de la Universidad de Berkeley como siempre, dirán algo al respecto, porque parece que la auto-experiencia, el sentido común y las propias sensaciones humanas no pesan, ni vencen ni convencen, o no llegan).

Unas violencias son más ruidosas que otras, por el entorno en el que se produce y porque son de palabra o palabrería (psicológica) y no siempre a voces, como es la violencia pasiva o la propia violencia verbal. Para todas se quiere encontrar la aspirina del médico prestidigitador y para todas se intenta buscar una solución jurídica y policial y la reparación del daño causado. Porque que no nos equivoquemos, las heridas no se curan dejándolas al aire -mucho menos en este aire contaminado- sino que necesitan añadidos intencionados de cierta medicina preventiva y reparadora si se da el caso, y cubrirlas luego con un apósito delimitante y protector (y nunca antes con el mero objeto de taparlas para que no se vean).

Es cierto, que algunas son más deleznables que otras, de mayor vileza, y se pudiera hacer una escala de degradación en el marco de un gradiente que responde al terrible e irreparable daño moral que provocan, y sobre todo, por quien es la víctima propiciatoria. Por supuesto que en primer lugar estaría la violencia infantil, porque la víctima es en este caso la indefensa universal por derecho natural e inherente. Y es quien tiene que tener asegurado su bienestar y su bienvivir como cualquiera pero no puede sola por no ser adultos, no podrían nunca. Además de esto, el hecho de que por no ser un adulto y persona de carácter aun no conformado ni definido (tiene lugar su maceración a los seis años), cualquier daño será muchísimo más difícil de reparar posteriormente, conllevará mucho más esfuerzo, dolor y sufrimiento. Y luego estaría la mujer, por el apabullante maltrato histórico que ha sufrido de las formas más imaginativas y perversas que han sido posibles para la imaginación humana. Aquí, siempre ha tenido por desgracia este asunto su departamento exclusivo de I+D+I (investigación + desarrollo + innovación), con lo que no es algo que hayan inventado las empresas modernas, ya existía, pero como no se nombraba, pues … parece que no (aunque la flor no es más flor porque se nombre). Y añadiría que actualmente es I+D+I+D (la última de D, de “Despiste” (despiste del adversario de dicha violencia, claro. Al final de este artículo me remito).

Así que, el grado de indefensión flagrante prioriza a estas víctimas, pero ojo, esto no implica necesariamente que la violencia en sí que se ejerce contra ellos, sea de otro material o tenga otra raíz en otro universo diferente o paralelo.

Claro que necesitamos ya un remedio a corto y muy corto plazo para que las personas que ya están inmersas y/o implicadas, no sufran el zarpazo seco y certero del oso enloquecido e impredecible, y está bien la premura, e incluso se hace necesario distinguir el tipo de víctima por la indefensión de la que hablé anteriormente y la magnitud del daño que se infiere. La pulsera para el maltratador, el alejamiento, la multa, la prisión, la amonestación de los padres violento, el tratamiento del compañero de clase maltratador, etc. Pero eso sólo son medidas ad hoc para intentar la salvaguarda de las vidas de los que ya están afectados, son medidas de solución individual y “para ya ahora”, son medidas de choque. Pero no dejan de ser medidas coercitivas y punitivas en la mayoría de los casos (a cierta edad, la re-educación a veces no es posible o la sociedad no da tiempo ni recursos para que tenga lugar), que intentan también ser ejemplarizantes. Y lo que queremos también, sobre todo, son medidas además de reparadoras preventivas, edificantes y duraderas, y que constituyan un pilar sólido sobre el que construir y una nueva argamasa.

¿Pero qué ocurre si quiere atajarse esto para todos los tiempos venideros?

No sólo para que no ocurra tal violencia, sino para que no se fomente, para que no se propague ni se herede por generaciones sucesivas, para que no vuelva a considerarse como mero accidente inexorable e inevitable de las relaciones humanas (hasta un máximo grado, por supuesto que podría aceptarse como humano). Para que no se convierta en una característica cromosómica de las sociedades humanas. Pues ocurre que las medidas ad hoc no son suficientes, tan sólo es la cura o la operación de urgencia para estas personas, y en el marco de dicha violencia como panorama social, es una cura superficial, de la piel. Porque la causa sigue intacta, y porque el daño emocional y moral, no entiende de “aquí y ahora”, se perpetúa por todos los pasados y por todos los futuros y sus acumulaciones respectivas. Se hereda, forma parte del árbol genealógico y de la memoria colectiva de la sociedad. Como cualquier pandemia, ahora de actualidad, necesita: vacuna para prevenir, marcadores para detectar y prevenir, protocolos para gestionar su evolución, procedimientos para operar, etc.

Y aquí es donde encaja el peligro de seguir clasificando y distinguiendo distintos tipos de violencia a cualquier nivel (no sólo según el afectado) si lo que se quiere es atajar esta violencia pero de raíz y no quedarse en la cura de urgencias. Que nos quedamos en la piel.

Toda violencia es violencia, y viene de una falta de educación en la sensibilidad y las emociones, viene de una desidia y/o falta de atención en el cuidado de los niños en la etapa más temprana de la vida. Luego, la propia violencia, encuentra su propio cauce de expresión (como ocurre con uno de sus polos opuestos, el arte, sólo que el arte es de signo contrario, es noble y enriquece el espíritu), y en unos, por esa educación precaria y tóxica, esa expresión discurrirá y se abrirá camino por el mismo cauce que encuentra el agua siempre, que es la línea recta, la verticalidad y rodeando cualquier obstáculo en el camino. Es decir, como mal que bien pueda uno. Vamos, que la forma de la violencia quizás te escoja a ti, y no al revés (aunque tú como adulto eres el máximo y único responsable de ejercerla, lo único que te elige como mucho es el modo). Unos lo encontrarán atacando a la mujer, otro a los niños, otros al compañero de trabajo, otros al de la escuela, otros no tendrán ningún conflicto moral a la hora de propiciar una matanza a civiles con el salvoconducto de pertenecer a un ejército supuestamente legitimado y con bula papal (las guerras).

Las medidas para cambiar la manera de educar, en el fondo y en la forma, son siempre a largo plazo, necesitan tiempo, paciencia, disciplina, voluntad, espíritu de sacrificio por la inversión y altas y elevadas miras.

Por esto quizás, tienen menos eco, menos atención, desespera y puede llegar a abrumar. Por otra parte, seguir distinguiendo distintos tipos de violencia a la hora de atajar el problema de raíz, es dividir y diseminar fuerzas y energía. Divide y vencerás, pero aquí, es la violencia la que gana si la dividimos. Eso quiere la violencia, que se la vea como distintos enemigos más pequeños, más vulnerables, más “posibles”, y no como la masa ingente que es pero que se nos quiere presentar a sí misma, como una tribu de tribus sin conexión entre ellas y más inocuas.

Todas las violencias son causa y efecto a la vez del miedo, miedo exacerbado e inconsciente, miedo al propio miedo incluso, que es el colmo del paroxismo que conduce directamente a la ceguera del juicio para descartar la violencia como parte de cualquier solución. Todas son la misma ignominia. La violencia individual responde al miedo individual, y la violencia colectiva y social, las guerras por ejemplo, al miedo colectivo, que no es más que la suma de todos los miedos individual y algo más (efecto de las sinergias). Ese “algo más” es la retroalimentación de unos en otros, el individual y el colectivo.

La violencia, se ejerza de forma individual o colectiva, es una cuestión tanto de individuos como de masas. El asunto está en el “agua”, como diría -David. F. Wallace por otras circunstancias- tanto en las gotas como en el río o en el mar. Y es que, las gotas de lluvia seguirán formando parte de la masa de agua. Y la misma masa de agua, acabará convirtiéndose en gotas de lluvia.

 

“Golpe maestro a la violencia”
– Lucas JM

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