Vemos con los ojos. Pero si no miramos con el alma, a la vuelta de ese viaje, de ese trayecto que parecía diferente y que prometía ser tan exótico y nutritivo, lo único que nos traeremos de vuelta será tiempo cumplido. Nada más. El trayecto puede ser incluso el mismo de cada día, y no obstante, al mirar, podemos hacer que se convierta en el recorrido más emocionante y excitante que hayamos completado hasta la fecha. Leer no es pasar páginas de un libro y ya está, viajar no es ver las piedras y los edificios de ese nuevo destino, escuchar música no es usarla como ruído de fondo para hacer otra cosa. La atención marca siempre la calidad y la esencia del trayecto, sea cual sea y vayamos a donde vayamos. Es la única forma de disfrutar de verdad del paisaje y por añadidura, de aprender de él.

Leer, escribir, oir música, cocinar, pintar, esculpir, dar forma a una vasija de barro, bailar, tocar un instrumento, cantar, etc … hecho con atención, es disfrutar del paisaje. Siempre.

«Y otorgó a lo cotidiano, la dignidad de los desconocido» – Novalis

Blog Literario - Lucas JM -Disfrutar del Paisaje

Disfrutar del paisaje

No sé que es lo que más te gusta hacer cuando viajas. Durante el trayecto, quiero decir, abandonada y entregada por ejemplo al soñoliento traqueteo del tren. ¿Ves la película que proyectan en la pantalla?. ¿Lees una revista, un libro? ¿Escuchas música?. ¿La radio tal vez?. ¿Picas alguna cosa entretenida, como frutos secos?. ¿Duermes? ¿Juegas con una de esas videoconsolas pequeñitas de las narices? ¿Escribes o garabateas jeroglíficos o algún galimatías en una hoja de papel? ¿Te dedicas a descubrir y a explotar todas las novedades de tu nuevo smartphone?.

Yo me inclino por la música y la lectura. Bueno, vale, y por mirar al infinito y ya está, a veces. Y últimamente me da por disfrutar del paisaje. Me preguntaba precisamente hace un momento, qué significa realmente eso, disfrutar del paisaje. Me castigaba incluso pensando un poco si no es una pérdida de tiempo o una excusa para no hacer nada. O una manera práctica e indulgente de decirme a mí mismo:

“Venga tío, ya has hecho suficiente, para un poco que el mundo seguirá dando vueltas sólo, no te necesita”. 

Y a todo esto … ¿quién es ese que me reprende? ¿y por qué?. ¿He de dar alguna explicación al respecto? ¿Tengo que justificar algo?.

Porque he recorrido tantas veces estas vías, he escudriñado tantas veces los prados, las encinas, los caminos, los riachuelos, las montañas, que casi me los sé de memoria, como si constituyeran el mobiliario de una estancia má de mi casa. Así que me pregunto,

-¿disfrutar del paisaje puede ser también perder el tiempo?

Ahora, que cruzo veloz y decidido por este túnel, sin luz, sin azul, ni verde, sin nubes ni retamas, siento el vacío. Y al salir, percibo el cambio. Y siento el contraste entre lo muerto

y lo vivo, lo posible y lo imposible, entre lo que soy y lo que queda de mi. Cuando ya estoy fuera, una rueda dentada de molino que llevo dentro, se engancha rápidamente de nuevo a la del paisaje, y ahí rodamos de nuevo. Y percibo todos los colores que vuelven a renacer y que se mezclan con mi gama. Noto cómo cambia algo dentro de mí mientras se sucede esta película viva.

Y mis temores y mis tribulaciones se secan a la par que se llenan mis pulmones y se ensanchan, y se elevan. Quieren volar. Hacen quizás por desprenderse.

Mis planes,

tantas veces modificados o aplazados por necesidad, por obligación o distracción, renuevan otra vez contra todo pronóstico su fecha de caducidad. Y revelan precisamente por eso la importancia y la singularidad de este momento que parecía tan simple, agotado, y que ahora se desahoga cansado e imparable a la vez, pero tranquilo. Es verdaderamente cierto que todo lo que no sea molestar a nadie, es lícito para ser feliz. Y hasta el estar perdido a ratos, recobra ahora su sentido y su lucidez del momento.

Me traigo de mi Madrid, y digo mi Madrid porque es el mío, el que reinvento cada vez que vuelvo, el Madrid de juguete, troceado y chiquito que me cabe en el ajustado tablero de mis partidas personales, me traigo de mi Madrid digo, otra piel. Con los mágicos abalorios y matices que confieren los encuentros furtivos con los nuevos y los viejos amigos.

Todo esto lo mastico y lo rumio con calma mientras nos abrimos paso con total impunidad a través de unas duras rocas que un día no hace mucho tiempo, a “alguien” que soñaba ya derrotado le parecieron infranqueables. Se equivocó.

Cuando regrese,

será inútil que te cuente lo que ví, lo que observé. Y menos importancia aun tendrá decir “Eh! disfruté del paisaje! ”, aunque la amplia sonrisa de mi cara delate al irredento soñador que habita en mí y me declare culpable ya de vivir en otro mundo, con mis mal amarrados recuerdos. Será inútil que te cuente, que liste, que describa, que enumere, que registre, que pinte, que señale, que redacte. Porque carecerá seguramente de la falsa emoción electrónica y mediática que se le atribuye hoy en día a todo lo que se supone que nos ha de entretener y que nos ha de emocionar.

Así que, no te lo podré explicar, porque disfrutar del  paisaje no es simplemente contemplar como desfila por la ventanilla y comprobar que todo está en orden, en su sitio, con los colores correctos y en la posición correcta, sino engancharse a él, con la rueda.

Pero al menos, a mi regreso, notarás que algo ha cambiado, que estoy mas vivo que nunca. Sentirás que por mí, y para tí, estoy algo más feliz. Que no te veo pasar simplemente por esta ventana de confusión y con cristales empañados que a veces es mi vida, que las cosas no están tan en orden como pudieran estar, que algunos colores están emborronados, pero estoy enganchado a ti …

“Disfrutar del paisaje”   
Lucas J. M.

¿Qué prefieres, tres horas conduciendo un coche o 5 horas disfrutando del viaje sin más?
¿Si repites tu viaje muchas veces, consigues que sea una experiencia distinta cada vez?
¿Hay que hacer siempre algo, o basta con mirar -pero con atención?

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