Aun no ha terminado el cataclismo y tras el eco de lo ya acontecido y que colea, ese residuo emocional, psicológico y físico, el grito social de todos los destierros y de todos los silencios concentrados y que permanecen quietos y apresados en su propio eco, suspendidos. En esas cuatro cartas …

¿Me seguiré reconociendo a mí mismo cuando acabe todo esto?
¿Nos reconoceremos como quienes éramos el uno para y por el otro?
¿Volveremos a encontrar el camino si ya antes perdimos el rumbo?

En todo caso, ¿seguirás formando parte del mío o yo del tuyo?
¿Seremos visibles, seremos el uno en el otro?

Y lo más importante,

¿Reconoceré mis errores como verdaderamente míos? Con valentía y rigor, con sabiduría y responsabilidad. ¿Me haré cargo yo de lo mío y tú de lo tuyo, y no al contrario?  ¿O seguiremos mirando a donde no es, echando balones fuera?

Cuatro-Cartas---Lucas-JM

Cuatro cartas

Que alguna vez no fui el que fui,
o al revés, discúlpame,
sino poco más que un espectador
o una versión diminuta y regateada de mí
diluida en tantos mares o disperso en sus islas,
como sueños imitados por sí mismos
o infinitamente resoñados

Que alguna vez no supe estar a la altura
de cuanto me obsequiaban tus ojos,
de sus remolinos de color girando como asombros
en cambios incesantes de pulpa y de luz,
de sus brotes de agua manantial y
de los peces que escapaban de ellos
saltando afuera exiliados o expulsados
y que dejé morir allí a mi lado sin más.

Apesadumbrado, abatido o deshidratado,
traspasado por el insoportable peso
de mi propio ser desorientado,
un invitado extraño de mi propia existencia
y un turista accidental a ratos
de todo lo que tiembla en tu ausencia,
o de lo que tiene de hermosura imaginarte
y colocarte sin más, como peso y contrapeso
de mis conatos de alegría y de tristeza,
de la dicha de la vida que se mide continuamente
en la altura de su sombra que no proyecta,
ese ajuste de horas al que llamamos muerte
ese contrato de luz, de claridad y de amor
con el nuevo día y su clamor
y su hambre insaciable de belleza y calor.

Que alguna vez, desesperado,
me tapé los oídos y la boca
para dejar de escuchar o tener que responder,
para evitar la cacofonía y la estridencias de motores,
de balas perdidas y de tantos sueños que se estrellan
antes incluso de que puedan retoñar.
Tantas veces apagadas las luces, tantas,
en la habitación cerrada e insonorizada,
sin reparar en que en medio se ahogaban
y se perdían para siempre tus súplicas, tus lamentos
y todos tus ruegos envueltos en tantos abrazos
de tu propia canción huérfana y desesperada
y que ya no era capaz de sostener ni soportar.

Que alguna vez dejé caer los brazos,
alas a tierra o cristales rotos en el suelo
y tan lejos aun así de mi cuerpo.
Para no tener que elegir, o decidir
entre salvarme yo o salvarte a ti.
Y todo ese espacio que sin ti
jamás podría ser
de ningún otro modo ocupado,
ese desperdicio, el hueco sin sentido,
mi falta de valor o mi voluntad a la deriva,
el miedo a diluirme en mi propia confusión
cuando me enredo con tus dedos
si no sé ni si quiera acariciar tus manos
o interpretar tu gesto
como se canta sencillamente una canción …

Hago una pausa, permítemelo. Y regreso a la prosa porque esta partida no es lineal, no es lógica, no es matemática ni es gramatical. Es universal pero constreñida dentro de los pequeños ámbitos y ecosistemas propios y reducidos que crean las personas, atemporales dentro de un tiempo finito que creemos medir y con el que comerciamos como si su valor fuera intrínseco y no circunstancial o relativo (calidad frente a cantidad, o frente a cualidad). No, la partida no es sencilla. En esta baraja hay al menos cuatro cartas distintas que se cruzan, que se miran de reojo y que se vetan. Hay desconfianza, hay miedo, hay culpa y hay sospecha. Y hay soledad.

Basta que caiga una sola carta para que todo se vaya a la mierda …

Carta primera: ¿Podrás perdonarte a ti mismo?
Carta segunda: ¿Sabré perdonarme a mí mismo?
Carta tercera: ¿Querré perdonarte a ti?
Carta cuarta: ¿Aprenderás a perdonarme a mi?

Cuatro verbos, cuatro ruedas de molino o cuatro lápidas, cuatro direcciones a tomar por cada una de las cuatro, dieciséis. Alguna plaza, alguna avenida, algún mirador, y muchos callejones sin salida también. Cuatro sueños con derecho a veto, cuatro hitos aparentemente desordenados pero donde la secuencia importa. Aquí el as de la baraja cambia en cada partida, pero siempre está en tus manos. El as es “Quiero, sé, puedo y me atrevo a perdonarme.”. Y luego ya voy contigo. Partida ganada.

La segunda parte es completamente tuya también. Como la mía, pero es tuya y solo tuya: “Quiero, sé, puedo y me atrevo a perdonarte“. Y luego ya voy contigo también. Partida ganada. Tú también.

¿Ves? Es sencillo. Yo me ocupo de mí, me perdono, y automáticamente te alcanzo. Tú te ocupas de ti, y automáticamente te perdonas, y me alcanzas

Pero no es fácil, no te confundas. Porque no sólo el orden importa. El orden no es nada si no aprendo. Aprendo a mirarme con compasión, y te miro sin exigencias y con compasión, es así. El orden no es el de la geometría euclídea, pero sí el de la jerarquía implícita en la consciencia.

No, no es fácil, ya lo sé. Luchamos contra la memoria y la regamos como si fuera otro yo vivo, una planta salvaje pero autónoma y con derechos, cuando solo tiene uno, que es el de estar y nada más, porque yo quiero y la tolero, la integro, porque yo me acepto y la acepto con todas mis debilidades y todas mis contradicciones. Y porque así, desde la observación como protagonista que soy yo mismo y no ella, yo la observo, y yo mismo soy quien le da credibilidad y le da espacio en este fluir de la vida que transcurre justo mientras a la vez ya ha pasado. Decir “Aquí y ahora” o presente, también está penalizado, porque cuando terminas de consignarlo, de pronunciarlo, ya ha sido, ya ha pasado.

No se puede nombrar. Eso está bien para el entrenamiento, como didáctica  cuando somos discípulos o nóveles. Pero después, no se puede invocar continuamente, es necesario sumergirse directamente y dejar de querer ubicar, datar o posicionarlo todo. Todo es y todo pasa fluido por donde no te paras a nombrar ni a constatar en el tiempo. El río donde te zambulliste no es más río por el hecho de llamarle río.

Lo dijo Umbral. Todos en la guerra, fuimos otra cosa, fuimos otro, y luego tras la paz, no nos reencontramos nunca.

Cambio guerra por pandemia si quieres, pero no esperaré sentado sin más …

Cuatro Cartas” – Diario Consciente
– Lucas JM

 

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