La verdadera belleza, no suele ser tan perceptible a primera vista. Necesita tiempo. Y suele adquirir formas sencillas, humildes, veladas, modestas. Son bellezas cuya naturaleza es el amor, aunque puede ser un amor aun no asimilado ni contactado, sino en forma de una constante búsqueda. Y muchas veces infructuosa. Lo que deviene en frustración, desesperación y tortura por la culpa y el autocastigo consiguiente. Entonces, uno mismo se convierte en su propio reo que ha de pagar cada día y cada noche, su propio rescate. El precio está continuamente por decidir, es una incertidumbre que consume todo lo que se le acerca. Es el secuestrador y el reo en un mismo papel, en un callejón sin salida. Es Cenicienta en el callejón, acorralada, sin disimulos, palpitante, ardiente. Consagrada.

Lucas-JM - Cenicienta en el callejón

Cenicienta en el Callejón

Capítulo I

Hoy es el típico día de primavera que hace que no lo parezca. Llueve y hace frío. He salido un poco tarde de currar, y aun así, como siempre, me apetecía caminar. Pero otra vez me dolía el pie, por lo que opté por coger un taxi. El taxista se mostró amable. No era el tipejo rancio y mal follado de antes de la puñetera crisis, ese al que le molestó que le pidiera una nota para justificar a mi empresa tras regresar de un viaje de trabajo. Le interesaba a toda costa distraerme y callejear un poco.

“-¿Qué? Vaya día, no? Está la cosa para …. “.

Si, ya lo sé, para coger un taxi, que si, que lo  entiendo, aquí estoy, que tiene usted que comer y que pagar la hipoteca, como yo. Pero no me importaba. Solo pensaba en una ducha de agua caliente y en el Remy Martín que me regalaron en Navidad y que aun no descorché y,

-Ohhhh … “Put the blame on Mame

Amo a la Hayworth en esa escena, aunque se quitara solo un guante.

En música pensaba. Mis criterios y juicios musicales no se corresponden con los de ningún cultureta melómano de estos “guais”, quizás porque no tengo tales juicios, ni cultura musical, ni comprendo ni me caso con los de ningún prestigioso locutor de radio, tampoco tengo nada que decir sobre ellos. Pero tengo muy claro lo que me gusta. Puedo morir con un bolero o una soleá y al rato resucitar con un swing, y ardo, y tiemblo. Es todo tan sencillo … al escuchar ….

Podría haber puesto cualquier cosa en la radio, hasta la barbacoa de “yoryidán”, pero no, tenía que fastidiarme con el hormigueo del partido de fútbol y a toda pastilla. Quizás haya al otro lado del planeta en los confines del mundo, algún individuo que se corriera de gusto con el proceloso sonido del despertador por las mañanas, con el barrito de una taladradora o con el zumbido de una mosca impertinente, pero yo, odio el ruido en cualquiera de sus manifestaciones y vertientes. Yo, que estaba lleno de paz pese a los contratiempos de esa tarde, ahora que la lluvia había mojado y suavizado mi violencia y mis más rencorosos pensamientos, le pedí con toda la educación del mundo y que emplearía el mismísimo “winidepú” que bajara el volumen de la radio, no ya quitarla.

Pero intrépidamente, trató de convencerme de que estábamos llegando a nuestro destino, que ya para que iba a quitarla, que …

“-venga tío, mójate, hombre” –El coleguita.

Paralelamente, en mi cabeza, empezaron a flotar otras palabras 

“-por favor, ¿le importaría bajar el volumen de la puta radio, que estamos en un habitáculo jodidamente pequeño y me está desgarrando desde el tímpano hasta  el hígado?” 

Pero todo se quedó en eso, en los planes de una mente bélica, una mente desgastada y un corazón triturado que llevan varios meses luchando en varios frentes. Que me digan ahora por donde se va a Roma, venga, tío listo.

Lucas-JM - Cenicienta en el callejón

Capítulo II

Todo empezó el verano pasado.  Me di cuenta de que Estrella era mi amiga cuando ya desapareció. Decidió, que su hipoteca con la vida, con los amores mitológicos que no acababan de cuajar, era ya impagable, había vencido. La conocí en una fiesta donde no parecía que nadie se lo pasara bien. Estrella era menuda, con buen tipo, atractiva, de tez blanca y nariz afilada, ojos de pandereta de cristal con luz de otoño, delicada como un espejo. Nos presentaron y yo le recordé que ya lo habían hecho en una fiesta anterior, el pasado año, en la cual ella fue realmente borde (en un momento se puso el firewall, el antivirus y el anti spam), y yo para no variar, irónico y esquivo.

Soy pintor, los cuadros que hay en la consejería, los he pitando yo” –“te acuerdas?

Me dijo que no le gustaban los cachas de los gimnasios, y no pudo adivinar en mis ojos que mi pasión no eran los hierros ni los bancos de prensa con poleas, sino el agua. La dulce, la salada, la del lago, la del lavabo, toda agua es agua, no?

No llegó a ruborizarse, pero le faltó una alfombra roja por allí para meterse debajo. La tranquilicé enseguida quitándole hierro a la anécdota, porque tampoco lo tenía, con buen humor. Creo que a ninguno de los dos nos hacía nadie realmente caso, ni nosotros a ellos, salvo por los compañeros de mi oficina. Pasábamos desapercibidos, éramos “los de la empresa privada”. Allí estábamos los dos, dos perdidos, dos encontrados, como el perro que se cruzó en el destino de los héroes de “La caverna” de Saramago. Así lo llamaron, Encontrado.

No permanecimos en aquel lugar mucho tiempo. Llegó un momento en que ya era imposible que nadie engañara a nadie, las habas estaban ya repartidas y como si escapáramos de la mismísima novela de “1984”, hubo una estampida general, pero en grupos perfectamente organizados y empáticos. Dios nos cría y no, no nos junta él, nos juntamos nosotros. Los futboleros por un lado,  los roqueros por otro, los pícaros con las pícaras. Y los jerifaltes y altos politicastros con aquellos afortunados a los que designe su inefable y sagrado dedo.

Estrella y yo marchamos en su coche. Aún éramos dos extraños que no estaban muy seguros de adonde iban pero que no estaban dispuestos a perder el tiempo. Llegamos a nuestro destino, estaba ya todo lleno de borrachuzos, una música cutre y ensordecedora y de pronto todos éramos amigos. La mala música une igual que la buena, es el prodigio del pentagrama.

No se si había bebido mucho, pero sabía lo que hacía y lo que decía, no había perdido aun el control. No recuerdo realmente de que hablamos, pero noté que estaba cómoda y que se sorprendió por la deriva de nuestra charla. Hablamos hasta que marchó al baño y al volver me dio esquinazo, no sé si distraída o intencionadamente. Por un momento me quedé solo. Me dejó ahí con una copa en la mano, sin saber qué hacer con la otra, porque yo no fumo, sin saber a quién dirigirme. Y de pronto me sentí abandonado en el planeta de los simios.

“¿Te sirvo otra copa?” – Me preguntó Charlton Heston  con tupé y pendiente desde detrás de la barra.

 

Cenicienta en el callejón
– Lucas J M

♥ Continuará el próximo lunes ♥ ….

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