La verdadera belleza, no suele ser tan perceptible a primera vista. Necesita tiempo. Y suele adquirir formas sencillas, humildes, veladas, modestas. Son bellezas cuya naturaleza es el amor, aunque puede ser un amor aun no asimilado ni contactado, sino en forma de una constante búsqueda. Y muchas veces infructuosa. Lo que deviene en frustración, desesperación y tortura por la culpa y el autocastigo consiguiente. Entonces, uno mismo se convierte en su propio reo que ha de pagar cada día y cada noche, su propio rescate. El precio está continuamente por decidir, es una incertidumbre que consume todo lo que se le acerca. Es el secuestrador y el reo en un mismo papel, en un callejón sin salida. Es Cenicienta en el callejón VII, acorralada, sin disimulos, palpitante, ardiente. Consagrada.

 

Cenicienta en el callejónVII

Capítulo XXII

Estuvimos  toda la tarde comiendo y bebiendo como salvajes. Una mierda, yo quería disfrutar del mar. Pero todo el mundo parecía consagrado al reto de caer reventados, había que zamparse todo lo que habíamos comprado a costa de lo que sea y cómo sea, aunque supusiera no abandonar la casa y olvidarnos de que a tan sólo a unos cuantos metros, la tierra devenía en mágicas e hipnóticas olas que esparcían por el aire su vaporoso aliento fresco de nutrientes y sal.

¿Pero a qué coño habíamos venido?

¿No íbamos a la playa, a disfrutar del mar?

Por la noche, nos preparamos para salir de copas al centro. Nunca me ha gustado el ritual ese que precede a las salidas nocturnas. Quizás es que tampoco me gustaba la noche. Ese acicalarse o maquillarse en exceso, los trapos tan sofisticados, la falta de naturalidad, la exhibición desorbitada de complementos, cuarenta perfumes distintos mezclados y el sonido incisivo de un montón de tacones repicando todos a la vez por el pasillo … de ellos y de ellas. Y la perspectiva de horas repetitivas y sensaciones ya vividas de otras noches, con música que no tenía nada que ver conmigo y sin apenas poder conversar por el volumen tan elevado de esta. Sísifo arrastrando la piedra una y otra vez pero sin poder ponerse tapones para los oídos.

Fue en medio de todo este barullo cuando recibí el último sms de Estrella:

“Eres una persona muy respetuosa y te agradezco la paciencia que has tenido conmigo, aunque por sólidas razones es evidente que nada tenemos qué aportarnos. Por supuesto no puedo evitar decir que aunque prácticamente no te conozco, creo que eres un ser especial, me alegra encontrar gente así. Si has sufrido tanto como parece, te mereces lo mejor. Creo que ya lo sabes, pero por si te olvida”

Lo encontré al día siguiente, y una vez más no vi hora ni momento para responder ni creí necesario hacerlo inmediatamente, podía esperar al lunes. Al fin y al cabo, nos conocíamos desde hacía tan sólo nueve días!.

Aun así, aunque sea muy fácil hacerlo ahora mismo con la ventaja literaria de que dispongo -al rebufo del filtro retrospectivo de mi ucronía personal- , no puedo evitar inmolarme un poco con el fuego de unas palabras al rojo vivo:

“Maldita sea!

¿Dónde estaban mis sentidos?.

¿Dónde estaba mi yo esencial?.

¿Donde estaba la otra parte de mí?  La consciente, no la que va cada mañana a cumplir con sus obligaciones y a ganarse el pan y la sal de cada día y nada más. No ese “yo automático” sin magia ni duende, no ese “alguien” que me reemplaza y no es capaz de distinguir, por oficio o por necedad, lo que se esconde bajo la piel de la otra persona justo cuando trata de mostrar lo contario, lo que en otro tiempo fue anhelo, necesidad  …

Capítulo XXIII

Llegó  el Domingo y estábamos todos para el arrastre. Yo particularmente apático y desconcertado, como si acabaran de darme un empujón y estuviera haciendo equilibrios para intentar caer de pié, porque no me gusta nada que salga el Sol y me pille por ahí de bares, me desorienta en todos los sentidos.

Estaba tirado en el sofá y al rato llegó Paloma. Me sorprendió gratamente, porque creo que hizo algo instintivo, sin pensarlo, como un animalillo que busca calor: se tumbó a mi lado sin decir una sola palabra y yo empecé a jugar con su pelo, deshojando la margarita (quizás en aquellos días, a los dos nos interesaba algo, su prima Patricia ya me había insinuado un poco esa noche) mientras permanecíamos los dos acurrucados e intentado recuperar un poco de energía esperando que funcionase sin más objeción, el principio de los vasos comunicantes.

Traté aun así de no ponerme a tiro de nada más. Ya había tenido bastante con el fin de semana y los intensos e inesperados días que le precedieron. En el ambiente se respiraba ya la despedida. Era momento de recogerlo todo, aunque la mitad de las cosas no servían para nada.

El viaje de vuelta, fue como todas las vueltas de lo bueno, un espinoso erizo envolviendo una verde promesa de castaña …  Sí, que te crees tú eso, y mañana, más …

Al mismo tiempo que regresábamos, en el pueblo de Estrella, alguien ya había hecho los preparativos para su viaje hacía tiempo. Billete sólo de ida. Rugió un único trueno, liberó una hebra de humo con olor a azufre, quebró un arrullo. Los hierros, furiosos, no dejaron hablar ni oír más:

Duérmete niña, duérmete ya –no pienses más-, que viene el coco y se lleva a los niños que duermen poco …, duérmete niña, duérmete ya que viene el coco y te llevará. Duérmete niña, duérmete ya …

Capítulo XXIV

Al día siguiente entré a trabajar a las 8:00, al menos mi cuerpo. Porque mi mente y esa otra parte de mí que no lo es pero que en esos momentos estaba bajo mínimos, aun estaban agotadas en vete tu a saber qué lugar entre Cádiz y la Sierra Norte de Sevilla, vagando como un fantasma y pugnando por eludir el puesto de protagonista que le tocaba asumir ahora en la anodina jornada de curro veraniego que le esperaba.

Mientras recolocaba y reorganizaba mi mesa y los cajones, el ordenador iba arrancando. Revisaba los últimos correos cuando recibí una inesperada llamada de Arturo:

– …. ” tengo que darte una mala noticia”

-“¿Qué ha pasado?”

“-Estrella se ha suicidado”

Se hizo un silencio, que me pareció como mil páginas como esta pero sin ninguna palabra escrita …

El mundo parece que siguió girando, girando, girando … sin mí.

Capítulo XXV

Sin poder reaccionar aún de una manera coherente y lógica, muerto, yo también, le escribí un correo:

Mi querida Estrella: partiste ayer sin consultarme, sin decirme, sin preguntarme. No contaste conmigo. Entiendo, no tenías por qué, apenas nos conocíamos. Pero yo nunca te hice saber cuanto me importabas, no tuve tiempo. Quizás, no de esa forma que tú querías. Pero no hubo tiempo, no supe verlo.

Tu no podías saber tampoco, que probablemente, estaré toda la vida con mi cuenta pendiente a cuestas. Darte un abrazo largo y prolongado sin que tu me lo pidieras. Me has dejado roto y bien roto, triturado.

¿Me ves?. ¿Me oyes? ¿Me entiendes?.

Todavía espero que esto sea mentira y que vuelvas. Quiero estar loco, quiero que mi mente me esté jugando una mala pasada, quiero llevarme un susto de muerte y verte aparecer mañana. Quiero que me hagas esas llamadas tramposas para hacerte con mi tiempo. Quiero que preguntes eso que ya preguntabas de niña. Quiero que me hables de tu huerto, de donde te gustaría que fuéramos a nadar y de tu viaje a Nueva York, luego, cuando bajen los precios.

Quiero que te olvides de la amargura de las oposiciones, eso no es lo tuyo. Lo tuyo es la electricidad de la calle, el viento, las alturas, el brillo metálico de los astros, la espesura de los bosques y el fluir loco del río, las cometas, bailar al borde del acantilado, las bolitas de cristal, las pulseras de colores y los juegos.

Te quiero feliz, donde estés, pero ahora aún te siento cerca, dentro, torturada, con los ojos hundidos y cansados, con esa tristeza del mar abandonado al medio día, y pese a todo, para mi y para todos, tu sonrisa. Pero ya es tarde, no me diste tiempo para recomponer mis notas y ayudar a curarte.

Sólo tengo ganas de hablarle ahora al mundo de ti, de explicarle lo vivido y lo aprendido, que eras necesaria, que eras un alma pura, sensible e incandescente, que hemos perdido, que te hemos dejado escapar, que tu error es también nuestro error y el de todo el mundo, el de esta sociedad enferma y el pueblo con sus prisas, con sus silencios, sus mentiras, con sus gritos, con el asfalto gris y duro, con sus oídos tapados, con su maldita impaciencia, con el humo negro del miedo, con su música de tiros y balas, con su mala hostia y con su mirar sólo pa’dentro de cada uno.

¿Ya estás tranquila?. ¿Estás feliz? ¿Es lo que querías?. Dime algo, anda, dime lo que sea, como sea. Dime que has encontrado un camino, y convénceme de que era necesario, que era verdad, que todo lo que nos pasa, es necesario, que lo importante al final, es caer de pie y ya está. Dime que por ahí por donde ahora vas, nos encontraremos un día, y nos reconoceremos, y nos entenderemos.

 No quiero quitarte de mi cabeza, no quiero olvidar, no quiero trucos ni atajos. Dejaré que me sigas hablando a tu manera, poco a poco,  hasta que mis recuerdos convivan de nuevo en paz con tu ausencia

Mi querida Estrella, no sé como podré llevar esto. Mi querida Estrella, dentro de mí, mi Estrella.

Capítulo XXVI

Me siento como si tras hacer un largo viaje con todas mi cosas a cuesta, las hubiera ido perdiendo poco a poco por el camino. Estoy cansado, esto se acaba. Me iré a dormir en breve.

Dice Saramago que

“Vivimos para decir quienes somos”.

Sí, lo estamos haciendo continuamente, de manera inconsciente. El propio vivir es durante la mayor parte del tiempo, pura inconsciencia por desgracia, con lo que al final, el propio vivir no es la finalidad, sino el síntoma de decir quienes somos de manera inconsciente. Lo proclamamos cuando hacemos cualquier cosa y lo acompañamos con cualquier gesto que es nuestro. Único, irrepetible, inimitable. No sólo con los grandes. Con los pequeños es más sutil pero más auténtico.

y que

“Escribimos para justificarnos a nosotros mismos”

Bueno, pues ya está. Estoy más tranquilo, sí. Completo y cierro una página de mi vida, aunque no sé si para siempre. Al menos mientras escribo, siento que estoy donde quiero o donde puedo estar. Y es un lugar no físico al que, gracias al ejercicio al que me he entregado, podré acudir cuando quiera. Sin tener que acceder de nuevo a estos papeles o este texto que asoma en la pantalla y que recoge, no una parte de mi historia, de la historia de mi vida, sino de mi existencia. Porque este relato, no es un conjunto ni una sucesión de hechos, sino emociones concatenadas e imbricadas unas con otra, auténticas y genuinas.

Solo miro pa’lante, a mi manera. Aunque parece que ser tu mismo, mirar a los ojos y decir las cosas a la cara, pedir un abrazo, dudar, cuestionar e ironizar, cotizan a la baja y que la ingravidez y la ilusión como la que tienen los niños, no están de moda. Pero resulta realmente sublime comprobar cómo al igual que todos los seres vivos, las personas llevamos ciertas cosas aprendidas dentro, en lo más hondo de nosotros, que por fortuna no hace falta que salgan o que se encuentren en Internet ni detrás de ninguna pantalla y un teclado.

Sí, esa era Estrella, una niña a la que era fácil verla triste y alegre a la vez, que tras vencer la hipoteca de su corazón, ya impagable, y una casa sin huellas que borrar, aquel día, se despojó de todo. En la tierra que amaba, era ya imposible la paz. Ella era una niña con una espada, salían versos de sus cicatrices, bailaba en el vacío solar de los callejones al compás de las olas y lloraba. Le gustaban las cigüeñas, le gustaba el mar …

Capítulo XXVII

Son  ya las 12:52. Aterrizo de nuevo y con determinación después de este fugaz pero intenso vuelo rasante al pasado que no estaba programado. Al regresar, tengo la sensación de haber sobrevivido a un aséptico y refinado desastre nuclear en mi interior, me temo lo peor, pero sonrío ampliamente otra vez cuando observo, que, incluso en el reducido espacio de mi mesa  hay aparcado un pequeño mundo vivo y aun por completar.

La aguja del afinador de mi guitarra que dejé encendido sin querer no pierde oportunidad para aferrarse a cualquier sonido perdido que irrumpa en el salón. La taza de café, que se resiste a enfriarse por completo. Unos folios desordenados y con las puntas dobladas a medio escribir con proyectos aun por batallar- Libros que leí hace poco tiempo pero que ahora, hastiados de ellos mismos, mastican sus propias páginas. Una pequeña planta en su maceta que dejé por descuido varios días sin regar y que agradecida por mi rectificación, despega de nuevo. La luz de la bombilla del flexo, que fluctúa ante los caprichos del fantasma de la electricidad que aúlla ahora trasnochado en la pantalla del ordenador. El incienso que destila la tira de papel de armenia consumiendo su secreto en una tímida hebra de humo que se me antoja inagotable, eterna. Y un folleto ajado de la agencia de viajes con la tentadora inscripción “Te espero en Berlín, no faltes” …

Esto sí que es nacer de nuevo. Dejo atrás la materia oscura con mi “yo” enconado en su centro y vuelvo a ver el Sol. Es difícil explicar, sin poder cogerte la mano, la extraña paz en la que voy entrando.

En el reproductor suena “For a simple twiste of fate” – por un simple giro del destino-, donde Dylan, me recuerda resignado y grave que … ella nació en primavera, pero yo, nací demasiado tarde

Esta vez, fue al revés, por un simple giro del destino …

“Cenicienta en el Callejón VII”
– Lucas JM

 

Este relato es un recuerdo y homenaje a Estrella. También a todos aquellos y todas aquellas que sufren por una depresión.

La depresión existe. Pero nadie es depresivo, no es una etiqueta que defina a quien la lleva ni es menos persona. La depresión es un lugar que algunas personas visitan con mayor o menor frecuencia por cuestiones endógenas o exógenas, o ambas. Algunos, como Estrella, llegan al límite de su sufrimiento y desesperación y deciden quitarse la vida. Hay que ser muy valiente para hacer eso, no es un acto de cobardía. El sufrimiento de la depresión es patológico, no es pura emoción de tristeza, que es natural como otra cualquiera y cumple su sana misión. Es algo mucho peor, algo que emponzoña tu espíritu.

Fue muy valiente porque, ella no quería morir, solo, dejar de vivir para dejar de sufrir. Así que fue una decisión a tomar muy dura. Pero el displacer que le producía la vida, le hacía sufrir mucho más que la idea de emprender ya ese viaje de ida sin retorno.

Estrella, como percibimos en este relato, era una persona tierna, acogedora, cariñosa, amorosa. Pero no sabía o no se permitía dirigir ese impulso vital llamado ternura a sí misma, que es el impulso que te lleva a conectar contigo mismo en el momento presente para poder así conocer cuales son tus propias necesidades emocionales o de cualquier tipo y así satisfacerlas. La ternura es el impulso vital cuya función principal es la de “darse cuenta”, en el sentido de consciencia de uno en el momento presente. Y va dirigido hacia uno mismo y fluye cuando todo va bien. Y se bloquea cuando se producen desequilibrios con el otro impulso que nos permite satisfacerla, que es el subimpulso agresivo. Se llama agresivo porque se dirige hacia afuera, se dirige al medio en lugar de a nosotros mismos, y se encarga de satisfacer los deseos y necesidades detectados por el subimpulso tierno. Ambos impulsos, son subimpulsos de uno mayor, el subimpulso unitario, que es común a todos los seres biológicos y que les impulsa de manera unívoca siempre a la vida, nunca la muerte. Salvo cuando se produce este desequilibrio importante y/o un bloqueo entre los subimpulsos.

Deseo que todos sepamos identificar a tiempo cuando una persona se encuentra en esta situación, y que, independiente de la ayuda profesional que pueda recibir, podamos, si no entenderla, porque es muy difícil si no se ha pasado por ahí, al menos creer en ella y brindarles todo nuestro amor, todo el que sea posible que tengamos en ese momento. No hace falta comprender a esa persona para actuar. Lo que requieren de nosotros es aceptación, ternura, cariño, amor, estar presentes con ellos. No es suficiente, pero es un comienzo y el único lugar desde el que, desde fuera, poder ayudar.

Y por supuesto, no anteponer el tabú que aun supone para muchos hablar de esto, al bienestar de esa persona que sufre.

Un abrazo a todos y gracias por acompañar a Estrella.

“Cenicienta en el callejón VII” 

– Lucas J M

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Cenicienta en el Callejón Lucas JM

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