La verdadera belleza, no suele ser tan perceptible a primera vista. Necesita tiempo. Y suele adquirir formas sencillas, humildes, veladas, modestas. Son bellezas cuya naturaleza es el amor, aunque puede ser un amor aun no asimilado ni contactado, sino en forma de una constante búsqueda. Y muchas veces infructuosa. Lo que deviene en frustración, desesperación y tortura por la culpa y el autocastigo consiguiente. Entonces, uno mismo se convierte en su propio reo que ha de pagar cada día y cada noche, su propio rescate. El precio está continuamente por decidir, es una incertidumbre que consume todo lo que se le acerca. Es el secuestrador y el reo en un mismo papel, en un callejón sin salida. Es Cenicienta en el callejón VI, acorralada, sin disimulos, palpitante, ardiente. Consagrada.

Cenicienta en el callejón VI

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Capítulo XVII

Es medianoche. Estrella yace inmóvil en la cama, pero no duerme. Sus ojos son dos faros enormes que no guían a ningún barco, todos van a la deriva o se estrellan en algún lugar de su memoria. Parece la costra de una herida reciente y fresca que sobresale impúdica de las sábanas lisas, blancas e inmaculadas. Siente una angustia huérfana que no sabe de dónde procede, no puede ponerle palabras. Y no la deja respirar. Al igual que ella, también el jodido Dumbo ha crecido y ya no es esa bolita de carne pequeña y sonrosada con dos mariposas a ambos lados de la cabeza y que le reía todas las gracias. Ahora es un mastodonte despiadado y obstinado que no levanta la puñetera pata de su pecho, ejerciendo la presión de mil mares a la vez.

No hace mucho que hicieron reformas en su dormitorio y cambiaron las ventanas por otras mucho más grandes para que entrara más luz. Pero ni siquiera todo ese exceso de almíbar que inunda el espacio consigue que deje de sentirse como en una prisión. Aunque la totalidad de las cuatro paredes las hubieran construido íntegramente a base del cristal más puro, aunque la habitación fuera del doble de tamaño que el actual, ella continuaría sintiendo la irrefutable geometría del cuadrilátero, del ringaun transparente– donde se concretan las épicas batallas que desde que tiene uso de razón, se dirimen en su mente bélica y exaltada.

Capítulo XVIII

Podrían haberle servido de algo más sus estudios universitarios de psicología, para entenderse mejor y llegar  un poco más a sí misma, pero imagino que es como cortarte tú mismo el pelo. Quizás sale algo que “bueno, sí, no está mal” … pero …

¿Será lo que realmente necesitas, eso que demandas con tal frenesí y fijación porque no te lo dieron cuando eras una niña?
¿Qué libertad real de movimiento tienes si estás dentro del problema? ¿Te ves desde tu mente, identificada con ella, o eres quien observa tu mente?

Y se complica todo más cuando lo que estamos tratando no es una cuestión de estética, ni si quiera de ética, si no de abismos. El abismo que supone mirarse hacia adentro cuando el alma ya está herida, lacerada, mancillada.

«Cuando miras al abismo durante demasiado tiempo, el abismo te mira a ti»

decía Nietzsche a punto ya de ser defenestrado.

Y tienes que conseguir sí o sí, que alguien lúcido te acompañe en tu viaje para salir del agujero, alguien que sepa hacerlo y en quien confiar. Y sobre todo, que te sepa amar con tu abismo íntimo y tenebroso. Nadie está libre de entrar un día en él. Y de no volver a salir nunca. Pero el amor puede curarlo -casi- todo, si se llega a tiempo.

Casi sin pensarlo, como por instinto, Estrella se incorpora de la cama de un sólo impulso, ejecutando un preciso movimiento gimnástico. Y descalza, baja al piso inferior para, a través de la puerta trasera que desahoga la cocina dando acceso a la veranda, salir a respirar un poco de aire puro. Sólo para a tomar un vaso de agua y se entretiene un momento en el cuarto trastero, de donde coge el estuche alargado de color marrón y se lo cuelga con destreza a la espalda.

Capítulo XIX

El paisaje afuera parece lunar. Apenas se distingue el huerto, y se vislumbran unos destellos metálicos y violáceos que emiten el tractor y los aperos del campo que están por allí esparcidos por la explanada que queda a la derecha. Y un columpio semiabandonado desde hace ya muchos años que dejó de describir su maravillosa órbita infantil y angelical en aquel trocito de cielo terrestre que nunca se dejó conquistar. No hace calor a pesar de ser verano, porque la abundante vegetación que rodea la casa brinda un frescor que es como un lametazo de rocío en todo el cuerpo. En las demás casas, que hacen de acólito de esta en la que nos encontramos, no se ve ninguna luz encendida, por lo que al parecer no hay más testigos que nuestra mirada.

Sí, … el paisaje parece lunar, pero, ¿qué estúpida contradicción, no? Porque ese es precisamente el efecto que produce al iluminarlo la pesada de turno, una abdicada Luna que derrama y proyecta su luz sobre la tierra con más inercia que gratitud, con más lástima que amor.

Se acerca al columpio y lo mece ligeramente apoyando tan sólo dos de sus dedos de su mano derecha. Sus pupilas no lo siguen, están fijas en algún punto de fuga, fuera del plano del paisaje que tiene delante. Y miran con tal intensidad y tan lejos, con tanta fuerza, que podría atravesar a la misma Luna bobalicona y sacarla para siempre de su yerma obsesión redonda y de su neurótica órbita.

Mientras sigue este hipnótico ritual, tararea una canción, al son de un artrítico trote de caballo:

“Hola y adiós … la vida … un columpio es … aunque hoy parezca un tobogán …. hola y … adiós …”  (*)

Parece que el tiempo se haya detenido. Pero no. Tan sólo es el columpio que terminó su viaje pendular a los pocos segundos de cesar en los tímidos empujones y las bisagras se relajaron y dejaron de chirriar.

Capítulo XX

Estrella reacciona y echa de nuevo a andar, se adentra en la explanada. Hay una densa capa de tierra mullida, porque aun conserva parte de la humedad del regadío vespertino. Lo que le permite dejarse caer a plomo sobre sus rodillas, justo antes de deshacerse del molesto fardo que lleva colgado a la espalda. Lo depositó con esmero en el suelo a escasos centímetros de donde permanece clavada como una efigie.

A su alrededor reposan piedras de distintas formas y tamaños. Las coge una a una y tras examinarlas exhaustivamente con los dedos para percibir todas sus aristas y sus anfractuosidades, se las lleva a la mejilla. Las frota contra ella, se acaricia con ellas mientras cierra los ojos. Le encanta sentir la gama de diferentes temperaturas y texturas que guardan. Para cada una, tiene un arrullo, una exhalación diferente. Cierra los ojos, se encoge del hombro derecho, inclina un poco la cabeza del mismo lado y casi pega a este su oreja mientras surfea insistente la piedra contra su cara, describiendo delicados movimientos elípticos robados a la Luna. Sonríe.

Se da cuenta y se asombra, de como una piedra, es capaz hacer lo que desde hace tiempo no consigue una flor, que es darse cuenta de “sí misma”, aunque sea a ráfagas, con sinuosas y desconcertantes interferencias. En un guijarro se concentra en este momento la energía de todo el universo. Una energía que no puede dejar de pulsar, pero que, al estar estancada y no poder fluir, al no poder expresar, quema.

Capítulo XXI

El estridulo de las cigarras junto con el grillar de los grillos, comienzan a romper la monotonía de la noche que estaba cuajada de silencio. Son quizás la única prueba de que el tiempo, objetivamente hablando –la objetividad, ese realismo sucio pero cierto que decía Zitarrosa– no se ha detenido por completo. Hubiera querido matarlos a todos en otro momento por no permitir el mutismo absoluto que ella espera de esta oscuridad tramposa. Pero esta vez, la estridente orquesta es lo único que la mantiene sujeta a algún tipo de realidad, aunque sea ajena y aún por concretar.

Tiene miedo. Miedo sobre todo, del mismo miedo. Dan vértigo estos verbos que se enroscan aquí, que se llaman el uno al otro recursivamente.  Es como un cortocircuito eléctrico: un punto del universo que pretende tener dos tensiones o voltajes diferentes a la vez, de signo contrario. No lo hagas nunca: no introduzcas dos cables, uno en cada entrada del enchufe, y unas los extremos. Verás si no la hostia que mete. Es como pretender ir en contra del principio de conservación de la energía. Y de aquí no se libra nada ni nadie, ni si quiera el alma, o la psijé por ponernos finos. Porque todo es energía, incluida la materia. Y todo es materia, incluida la energía. Lo que lleva a Estrella a entender pero no a ponderar, no a sentir ni interiorizar, si no tan solo a disponer de manera intelectual, que todo, las emociones, el cuerpo, las sensaciones, las percepciones, forman un sistema holístico único y atómico. Que lleva demasiado tiempo mirando de refilón, al lado equivocado muchas veces.  Que a donde tenía que mirar primero y escuchar y atender, es a todo su cuerpo. Él es el que sabe, aunque no el que manda desde hace demasiado tiempo. Desde mucho antes de la adolescencia, cuando le dieron un nombre «formal» a su abismo: depresión.

Toma ahora aire profundamente. Realiza tres exhalaciones como ya aprendió en sus clases de yoga. Y suelta.

“Antes de decir algo de lo que te puedas arrepentir, o para no herir a nadie, o sencillamente para calmar tu interior, respira hondo tres veces, despacio, soltando el aire lentamente …”

Pero su tolerancia a esta arcaica medicina ya no encuentra límites y no surte el efecto deseado. Abre ya sin más demora el estuche y saca ese sonoro y metálico artefacto de moderna y minuciosa ingeniería inglesa. Se tumba de lado y se abraza a él, colocando delicadamente y con precisión, los pies, los dedos y las manos, como otras veces ha ensayado. Y se toma su tiempo, como buscando el momento de entrar en la simulada sinfonía pertrechada por los grillos y las cigarras. Espera. Espera acantonada e inmóvil a que le señalen el momento para unirse a ellos, para incorporarse a esa disfonía neurótica, sin estribillo y sin coro.

 

«Cenicienta en el callejón VI«

Lucas JM

(*) Canción que tararea Estrella: «Miento menos» – Pigmy
(*) Fotos: @anabel.lopez.usa

 

♥ Próximas entregas ♥

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